La Burbuja

Hace unas semanas, en un curso sobre acompañamiento respetuoso a niños, se nos habló de la burbuja. Tal vez no se trate de un concepto muy novedoso (se conoce normalmente como “espacio personal” y existe una disciplina que lo estudia hace tiempo: la proxémica), pero creo que es fundamental tenerlo en cuenta a la hora de tratar con niños.

La burbuja es ese espacio que cada persona necesita con respecto al resto de la gente para sentirse cómoda. Todo el mundo tiene su propia burbuja, pero ésta no es inmutable, sino que varía en función de nuestra relación con las demás personas, la confianza que tengamos con ellas, nuestros temores, etc. En efecto, mi burbuja no puede ser igual cuando me relaciono con mi madre o con mi padre que cuando estoy con una persona a la que acabo de conocer.

Los niños, por supuesto, tienen su propia burbuja. Y los bebés, aunque a algunos les cueste entenderlo, también.

Existen muchas maneras de invadir la burbuja de un niño. Diría que muchas más que de invadir la de un adulto porque, entre adultos, entran en juego condicionamientos sociales que nos inhiben, mientras que con los niños se da una especie de “todo vale”. Así, parece obligado, cuando vemos a un bebé en su cochecito, pellizcarle el moflete, tocarle las manos, ponerle el dedo en su mano para que lo agarre (en un movimiento que no puede controlar) o acariciarle la barbilla para que sonría (en un gesto que también escapa a su control).

Rompemos la burbuja cuando nos empeñamos en coger en brazos a un niño, sin importar las circunstancias: si tiene un mal día (o un mal rato), si está tranquilamente jugando en el suelo o si ya se encuentra en brazos de alguien que le da más seguridad en ese momento. Los bebés pasan de mano en mano como el salero cuando te lo piden desde el otro extremo de la mesa.
Nos gusta coger a los bebés porque son pequeños, porque pesan poco (a partir de una edad, ya no nos gusta tanto), porque nos reconforta y porque nos transmiten una paz de la que, muchas veces, carecemos. La cuestión a plantearse, entonces, es si se trata de una necesidad del bebé o nuestra.

Algo parecido sucede con las muestras forzadas de cariño. ¡Qué invasión del espacio supone obligar a un niño a darnos un beso aunque no quiera!. ¿No estaremos enmascarando en ese empeño (y en los reproches posteriores que hacemos si no recibimos el beso) la necesidad de un cariño adulto que no estamos recibiendo?.

Cuando un bebé llega a cualquier sitio, atrae, sin quererlo, una atención excesiva sobre él. Cuando llega a un lugar donde no ha estado muchas veces y donde las caras no le resultan muy familiares, necesita un tiempo de adaptación (como nos pasaría a cualquiera de nosotros), y no le ayuda mucho a relajarse si lo rodeamos entre cinco desconocidos, le hablamos todos a la vez, le obligamos a repartir besos y pretendemos que pase por todos nuestros brazos.
Lo curioso del caso es que si el que llega a un lugar nuevo, donde no conoce a nadie, es un adulto, pronto mostramos empatía hacia él, le damos espacio y dejamos el contacto físico para cuando haya más confianza.

Hay muchas otras formas de “explotar” la burbuja de un niño: cogerlo o manipularlo como si fuera un muñeco, zarandearlo o hacerle cosquillas “porque sí”, serían algunos ejemplos. En este sentido, solemos confundir la llamada “sonrisa social” o una risa nerviosa con signos de que al niño le gusta lo que le hacemos, y olvidamos que unas veces no tienen la capacidad y otras la confianza para hacer ver que algo les disgusta y, sobre todo, que su necesidad de sentirse amados, como base para su supervivencia, es más fuerte que su deseo de expresar un malestar.

La clave, en mi opinión, si queremos tener una relación respetuosa con los niños (ya sean nuestros hijos, sobrinos, nietos o ninguno de los anteriores) es, como siempre, pararnos antes de caer en automatismos, reflexionar, y tratar de dilucidar si eso que estábamos a punto de hacer, forma parte de nuestra necesidad o de la suya.
Puede ser un buen ejercicio buscar situaciones en las que respetamos el espacio del adulto, equipararlas a situaciones similares con bebés y estudiar por qué con ellos no nos mostramos tan considerados. O, al revés: fijarnos en cómo actuamos con los bebés sin preocuparnos de su burbuja y pensar en si haríamos lo mismo con un adulto.
Los niños necesitan el contacto y las muestras de cariño, pero no de cualquier forma, ni en cualquier momento. Basta un poco de observación para saber cuándo se muestran más receptivos a un acercamiento o al contacto físico.

De esta manera, les estaremos transmitiendo el mensaje de que su espacio personal merece ser respetado y les estaríamos dando las herramientas para rebelarse en un futuro contra cualquier agresión verbal o física contra su persona.

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6 Meses

6 meses han pasado desde que nuestro hijo vino al mundo.
6 meses, con sus días y sus noches.
6 meses; 183 días; 4392 horas.
6 meses que han cambiado nuestra vida y que han dado para todo esto:

A.: llegó a un lugar extraño y ajeno, mucho más frío y ruidoso que el que habitaba, pero pronto se acostumbró a él. Conoció a Mamá y a Papá, que le prometieron que estarían siempre a su lado. Un día, descubrió sus pies y vio que se movían; poco después, descubrió sus manos, y comprobó que éstas tenían dedos que, al igual que las manos y que sus pies, también se movían. Al tiempo, sus manos se encontraron entre sí y se saludaron afectuosamente. Se espera con expectación el encuentro entre sus pies y sus manos.

Mientras Papá y Mamá desayunaban una mañana, se dio cuenta de que con un golpe de cadera podía girar hacia un lado y quedar de costado. Perfeccionó la técnica hasta que la tuvo dominada y, entonces, se lanzó a girar hacia el otro lado. Cuando hubo dominado ambos lados y con ganas de avanzar un poco más, un golpe de cadera más fuerte que los anteriores le permitió girar completamente y quedar boca abajo. Una nueva perspectiva del mundo se presenta ante él.

Dos pequeños dientes adornan su bonita boca.

La familia: los tres hemos compartido muchas cosas: casa, cama, paseos, siestas, visitas… pero sobre todo aprendizaje. Han sido seis meses de aprendizaje continuo. Hemos trabajado la paciencia, la reflexión y el sentido del humor; hemos revisado ideas, esquemas y conceptos preadquiridos y los hemos contrastado con nuestra experiencia.

Hemos tenido momentos muy felices y momentos muy tristes. Para éstos últimos, nos queda el consuelo de que, quienes estaban con nosotros hace seis meses y ya no están, pudieron conocer a nuestro hijo y compartir alguno de esos momentos felices. También ha habido momentos mágicos que nos guardamos para nosotros y algunas personas más.

Conocimos la playa como familia y nos dimos cuenta de que Gandía, en verano, no está pensada para mamás, papás y bebés que quieren dormir.

Hemos sabido de, al menos, otros nueve bebés que acompañarán a nuestro hijo en 2014 y los esperamos a todos ellos con alegría.

Nos planteamos nuestro futuro como familia con ilusión, combinando la más calculada planificación con toques de impulsividad e improvisación, una mezcla que siempre nos ha dado buenos resultados.

Papá excedente: Tempus fugit. Sí, estos seis meses se me han pasado volando. Imagino que es el comienzo de una sensación de fugacidad que se irá haciendo, cada vez, más fuerte. Una especie de invitación a vivir intensamente.

Sigo sin poder echar de menos el trabajo. Tiene todas las de perder: he podido ver tantas “primera vez que” de mi hijo, me he despertado tantas veces a su lado y he disfrutado de tantos paseos al sol de la mañana, que no puedo imaginar habérmelo perdido por estar en una oficina.

Me siento unido a mi pareja por un vínculo aún más fuerte del que teníamos. Sus virtudes como compañera se multiplicaron cuando se convirtió en Mamá. Considero un acto de justicia estar agradecido por la suerte que tengo.

Empecé a escribir un blog, en parte por hobby, en parte por compartir mi experiencia, hace algo menos de seis meses y, a día de hoy me sorprende seguir teniendo ganas de escribir y cosas que contar. 

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Ahora se puede contar (I)

Sucedió dos o tres semanas antes de que naciera nuestro hijo. Una mañana, me levanté con granos en el pecho y en los brazos. No le di mayor importancia hasta que, al día siguiente, los granos se habían extendido por todo el cuerpo. Nos alarmamos pensando en que podía ser algo contagioso, pero pronto lo descartamos porque descubrimos a los causantes, unos pequeños bichos que habitaban nuestra cama. Como poco tiempo antes habíamos estado de camping, pensamos que nos habíamos traído unas chinches de Erasmus. A medida que los picores se hacían más intensos, fuimos probando distintos métodos para eliminar el problema: Mamá aspiró el colchón varias veces y lo roció con aceite de árbol de té, y pusimos más lavadoras que un hotel de 5 estrellas para quitarlos de las sábanas. Pero nada parecía dar resultado. Para nuestros acribillados cuerpos, probamos con baños con esencia de pino y con vinagre (a la antigua usanza), pero sólo conseguimos aliviar temporalmente el malestar. En mi caso, el picor era ya insoportable y duraba todo el día, así que decidí afeitarme todo el cuerpo (salvo las cejas). Digo “afeitarme”, no “depilarme todo el cuerpo” porque para eso hace falta un valor del que carezco y menos pelo del que poseo.

La sensación de despertarse en medio de  la noche y notar cómo algo te recorre las piernas, los brazos y la cabeza no es fácil de describir. Lo intentó Stephen King en una de sus novelas y no consiguió darle la suficiente crudeza. Yo os la explico: como para no volver a pegar ojo en toda la noche. Dicen que, para vencer a tu enemigo, primero debes conocerlo bien, así que nos empapamos de toda la literatura disponible en Internet sobre cimex lectularius o chinche común. Conocíamos su ciclo reproductivo, sus lugares de residencia, su menú (dato: una vez que una chinche come, puede sobrevivir un año entero sin volver a probar bocado), sus aficiones… lo conocíamos TODO. Todo, menos una forma casera y eficaz de eliminarlas. Por eso, y por desesperación, decidimos contratar a una empresa de desinsectación. De manera que ahí estábamos, dos vegetarianos convencidos, pergeñando el genocidio de cientos o miles de bichitos. Pero eran ellos o nosotros. Su salud o la de nuestro futuro hijo.

Cuando vino el técnico a hacer su trabajo, Mamá había preparado una morgue a modo de muestra con alguno de los bichos que habíamos cazado a mano. Al hombre, con un ojo clínico más refinado que el de un C.S.I.,  le bastó un vistazo para sacarnos del error en el que nos encontrábamos: “No son chinches, almas de cántaro, son piojos de paloma”. Genial. Apréndete ahora el ciclo reproductivo de phthiraptera ischnocera… La parte buena era que como el líquido que traen sirve igual para acabar con las chinches que para desgraciar cóndores, no tuvo que volver otro día con otro mejunje. Así que desinfectó toda la casa. Literalmente. Si se dejó algún rincón por rociar fue por descuido. Puede que fuera impresión mía, pero, a nuestra vuelta, parecía que se había cebado con los espejos. En cualquier caso, no había motivo de queja. Es más, si hubiera dado una segunda capa del líquido mágico, no se lo habríamos reprochado.

El hombre se fue, con la promesa de volver en quince días a rematar la faena. Nosotros pasamos esa noche fuera de casa y volvimos al día siguiente. En esos quince días, casi recuperamos la normalidad en nuestras vidas. Todavía hubo algún intento de contraataque del bando piojil, aunque poco a poco, optaron por la retirada. Aún veíamos algún combatiente moverse por el suelo, pero la garantía de que el líquido dejaba sin descendencia a los bichos, nos daba tranquilidad. Si acaso, lavábamos la fruta algo más de lo habitual, por si, en algún momento, se nos ocurría dar un hermano a nuestro hijo.

Y, ¿cómo llegaron los piojos hasta nuestra cama?. Una ventana abierta, una rave de palomas en el tejado, una pluma que cae con pasajeros y… ya está liada. Nuestra atención debía centrarse entonces en el foco: las palomas. Hablamos con la comunidad de vecinos, pero nos dijeron que ya habían hecho todo lo que estaba en su mano para solucionar el problema: habían entrenado a un animal letal, de vuelo ágil y silencioso, que se caracteriza por su aguda visión y sus poderosas garras. Las palomas deben de estar aterrorizadas.

Halcón

Sobra decir que no nos atrevimos a abrir la ventana en todo lo que quedaba de verano por miedo a repetir la historia, con lo cual, la azotea fue adquiriendo una curiosa atmósfera que, por comparación, convertía a la del planeta Marte en habitable. Pero el proceso de desinsectación funcionó, y aquí estoy, narrándolo desde la misma casa, sobre un taburete que fue rociado hasta la extenuación, mientras me rasco todo el cuerpo al recordarlo (así es la mente…).

Fueron dos semanas difíciles, con una angustia que no le deseo ni a las palomas, pero, por suerte, ahora se puede contar.

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Perfect / Perfecto

Hoy tengo el gusto de contar con un ídolo de juventud como colaboradora del blog (aunque ella no lo sepa). La entrada de hoy, que trata sobre el modo en que, a veces, nos empeñamos en vivir a través de nuestros hijos, fue escrita hace 19 años y apareció publicada por primera vez en el álbum Jagged Little Pill de Alanis Morissette.

PERFECT:
Sometimes is never quite enough
If you´re flawless, then you´ll win my love
Don´t forget to win first place
Don´t forget to keep that smile on your face

Be a good boy
Try a little harder
You´ve got to measure up
And make me prouder

How long before you screw it up
How many times do i have to tell you to hurry up
With everything I do for you
The least you can do is keep quite

Be a good girl
You´ve gotta try a little harder
That simply wasn´t good enough
To make us proud

I´ll live through you
I´ll make you what I never was
If you´re the best, then maybe so am I
Compared to him, compared to her
I´m doing this for your own damn good
You´ll make up for what I blew
What´s the problem… why are you crying

Be a good boy
Push a little farther now
That wasn´t fast enough
To make us happy
We´ll love you, just the way you are, if you´re perfect

PERFECTO
A veces nunca es suficiente
Si no tienes defectos conseguirás mi amor
No te olvides de conseguir el primer puesto
No te olvides de seguir sonriendo

Sé un buen chico
Inténtalo un poco más
Tienes que estar a la altura
Y hacerme sentir más orgulloso

¿Cuánto tiempo hasta que lo estropees?
¿Cuántas veces tengo que decirte que te des prisa?
Con todo lo que hago por ti
Lo menos que puedes hacer es estarte callado

Sé una buena chica
Tienes que intentarlo más
Eso, sencillamente, no ha sido suficiente
Para hacernos sentir orgullosos

Viviré a través tuyo
Haré de ti lo que yo nunca he sido
Si tú eres el mejor, entonces, quizás, yo también lo sea
Comparado con él, comparado con ella
Lo estoy haciendo por tu maldito bien
Tú me compensarás por todo lo que estropeé
¿Qué problema hay?, ¿por qué lloras?

Sé un buen chico
Ve un poquito más lejos
No has ido lo suficientemente rápido
Para hacernos felices
Te querremos, tal y como eres, si eres perfecto

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Coplas Al Nacimiento De Su Hijo

¿Y si Rodrigo Manrique, padre de Jorge Manrique, allá por 1440, treinta y seis años antes de su rimada muerte, y dos días después del nacimiento de su hijo, hubiera escrito unas líneas, en forma de copla de pie quebrado, que no hubieran sido encontradas hasta ahora?

COPLAS

Despierta una nueva vida
se abre camino y me muestra,
extasiado,
qu´esa semilla dormida
que se anunció como nuestra
ha llegado

Cuán presto llega el plazer
incluso siendo esperado,
cuánto amor,
pues a nuestro parescer
es tenerlo a nuestro lado
lo mejor

Esta vida es un regalo
que no comparo con nada
de tan buena
mas si llegare algo malo
aún será disfrutada
e muy plena

Nuestra vida con los críos
es un infinito amar
e sonreír
mas quien llene sus vacíos
con hijos debe enmendar
e corregir

Pues a nadie pertenece
la elección de sus destinos
más que a ellos
e su voluntad merece
encontrar, de los caminos,
los más bellos

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Cortauñas

Si hay un momento que un padre primerizo teme, es el de cortar las uñas a su bebé. Y si no lo teme, es que no corre sangre por sus venas. Cuando te enfrentas a esta situación por primera vez, si pudieras elegir, volverías a examinarte de Selectividad antes que vértelas con esos veinte afilados cúmulos de células muertas ricas en queratina. Nunca encuentras el momento, y lo postergas sine die, pero las uñas de tu hijo ya alcanzan la consideración de arma blanca, sus arañazos en la cara son indisimulables y la gente pregunta si tenemos gato o si nos llevamos al niño a recoger moras, así que te armas de valor y coges el cortauñas.

Si tuviera que comparar la manicura infantil con algo, sería con la típica escena de las películas de acción en la que el protagonista tiene que desactivar una bomba adornada con cables de muchos colores y una pantalla con grandes números rojos (para que se sepa cuándo va a explotar). Ahí está el tío, con unos alicates como única herramienta, pensando qué cable cortar para no hacer detonar la bomba. Como además es novato, o no ha visto una bomba en su vida, necesita el asesoramiento de un veterano que le va guiando por radio, pero como los “malos” siempre ponen el artefacto en los sitios más recónditos, la señal se pierde y tiene que apañárselas solo. Por fin, se decide a cortar el primer cable. La pantalla de la bomba parpadea un momento y la cuenta atrás se detiene. Parece que lo ha conseguido, pero era una trampa: ahora el tiempo avanza más rápido…

La tensión de cortar las uñas es igual o superior a la de esas escenas. Tu hijo duerme (porque no hay momento mejor para atreverse a hacerlo). Tiene ese sueño ligero fácilmente perturbable que tan bien conoces. Y ahí estás tú, con un cortauñas como única herramienta. Como eres novato, intentas contactar con Mamá, para que te asesore y dices: “No sé si cortar primero la del meñique o la del pulgar”, pero la comunicación se ha perdido, Mamá ha ido un momento al salón, así que estás solo en esto. La postura que adoptas parece sacada del juego “Twister”. Las gotas de sudor se deslizan por tu frente hasta acabar encontrando tus ojos, lo cual dificulta todavía más la tarea. No quieres traer a la mente determinados recuerdos, pero te viene la imagen de la última vez, cuando le pillaste un poco de piel con el cortauñas y se despertó llorando. La mano temblorosa se acerca a su diminuto dedo, colocas el cortauñas, ejerces presión, cierras los ojos y… ¡clic!… Tu hijo sigue durmiendo y tú respiras aliviado. Pero todavía quedan 19 uñas más. Con la siguiente, repites la operación. Te dices a ti mismo que si lo has hecho una vez, puedes hacerlo diez, veinte, treinta, o las que sean, así que vuelves a apretar el cacharro con determinación y… ¡clic!… ya está. Pero esta vez, algo va mal… tu hijo se agita, cierra los dedos y entreabre los ojos. No era una trampa: debía de estar soñando con la última visita al pediatra. Poco a poco, vas avanzando en tu misión. Como te vas viendo más seguro, y le vas cogiendo el tranquillo al asunto, decides lucirte y apurar más, para que la uña quede más corta, o tratas de hacer un corte más recto, sin picos. Esto, trasladado a la escena de la película de acción, sería como si el protagonista, fuera sobrado y se pusiera a pelar los cables antes de cortarlos o a sacar brillo a la pantalla de los numeritos rojos para que se vieran mejor.

Una tras otra, las uñas van cayendo. Todavía te llevas tres o cuatro sustos más, antes de terminar. Pero acabas. Reestableces la comunicación con Mamá, que ya ha vuelto del salón, intentas poner una voz a lo Bruce Willis y le dices: “Lo conseguimos. Estamos salvados”.

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La Fuga de Piss

La policía no acostumbra a requerir mis servicios, salvo que se encuentren empantanados en alguna investigación. Y tampoco les suele gustar reconocer su incompetencia, así que, cuando recibí el aviso del Inspector Papá aquella madrugada, sabía que se trataba de algo importante. Lo que no me dijo Papá fue que, además, el asunto me tocaba de cerca: mi archienemigo, mi némesis, Walter J. Piss, o como él se hacía llamar, “Mago Piss” o, simplemente, “Piss”, se había fugado. Piss se encontraba recluido en la prisión de El Pañal, en el módulo de máxima seguridad conocido como La Vejiga y custodiado por la atenta mirada del alcaide John Esfínter. Cumplía condena por haber tenido atemorizado durante meses al tranquilo pueblo de Sábanas Limpias. En mi breve carrera como detective privado, ya me había visto las caras con él en varias ocasiones, y, aunque me avergüenza reconocerlo, con Piss suelto me costaba conciliar el sueño.

Lo primero que hice cuando llegué al presidio fue pedir una taza de leche materna. Lo segundo, por orden de importancia, entrevistarme con Esfínter: “He pagado mi inexperiencia– me dijo- Soy un recién llegado y no sabía con qué clase de criminal me enfrentaba. No debería haber aceptado este cargo cuando me propusieron. Conlleva demasiada responsabilidad“. No dije nada y dejé que sus lamentos se apagaran solos.

A continuación, el alcaide me mostró El Pañal de arriba a abajo. Se trataba de una prisión moderna, construida con un material infranqueable, con reforzamientos laterales, protocolo anti-fugas y cierres de última generación. Nada ni nadie podía salir de allí sin ser detectado, lo que convertía la fuga de Piss en un increíble truco de magia.

Una vez hube inspeccionado la cárcel y constatado que nadie había visto nada, supe que no podía hacer mucho más allí, así que me decidí a tratar de localizar al mago,  junto al inspector Papá. Mi olfato de sabueso me ayudó a seguir el rastro de Piss que nos condujo hasta el condado de Body, primero, y la vecina ciudad de Pijama, después. Allí, se perdía toda pista. Empezaba a pensar que, de la misma manera que un mago señala un objeto para distraer la atención de su público, Piss nos había llevado hasta allí con sus pistas, para alejar nuestros ojos del verdadero truco. Algo me decía que debíamos volver a El Pañal. En el camino de vuelta, en el vehículo del inspector Papá, no dejaba de rondar mi cabeza la extraña sensación de que el inspector y yo nos conocíamos de algo, sin embargo, me guardé esta apreciación para mí.

Ya en El Pañal, el revuelo era enorme. Nadie sabía ni cómo ni por qué, pero Piss volvía a estar recluido en La Vejiga. “Lo hemos conseguido” dijo Esfínter en un tono de alegre incredulidad. Estaba claro que no entendía de la misa la mitad. A pesar de todo, tenía la sensación de que aquél hombre rechoncho llegaría, con los años, a ser alguien competente, y, de algún modo, sabía que colaboraríamos estrechamente en el futuro para mantener a Piss controlado.

Rápidamente, me dirigí corriendo hacia un punto concreto de El Pañal. El inspector Papá me seguía de cerca. A pesar de la diferencia de edad, se mantenía en buena forma. Allí esperamos agazapados la segura llegada de Piss. Cuando apareció, decidí salir a su encuentro para evitar una nueva fuga que sería definitiva. No pareció sorprenderse demasiado.

“Detective A.: volvemos a encontrarnos. Lástima que no pueda quedarme a charlar. Debo completar una función.  Pero va a tener la suerte de contemplar el truco final. Sólo tengo que decir la palabra mágica: Abracadabra y…”.

“Cierracadabra”, la voz del inspector Papá retumbó en todo el presidio, al tiempo que echaba los cierres de El Pañal justo cuando el mago intentaba escabullirse. Piss estaba atrapado.
Cuando llegó el personal de la prisión, nadie entendía nada. El Mago Piss había estado a punto de fugarse otra vez, sin que nadie se percatase. El alcaide Esfínter se acercó hasta mí con los ojos como platos: “¿Cómo pudo anticiparse a sus planes?, ¿cómo lo supo?, ¿cómo pudo meterse de esa manera en su mente?”.

Resultó bastante sencillo. No necesitas tener estudios de psicología cuando eres licenciado en intuición. Los magos viven de la notoriedad y de la atención de su público, y Piss se consideraba un mago. Ante la posibilidad de que alguien creyera que se había escapado por un golpe de suerte o que alguien le había ayudado a hacerlo, consideró necesario regresar a La Vejiga y reproducir su actuación, es decir, volver a fugarse sin ser detectado. Pero cuando un mago repite el mismo truco ante el mismo público, corre el riesgo de que descubran la trampa. Sobre todo si entre el público se encuentra un joven y astuto detective privado. En la inspección a El Pañal que realicé junto a Esfínter, encontré una rendija minúscula, una vía de escape que hacía vulnerable la inexpugnable prisión y por la que, sin duda, Piss se había escabullido la primera vez. Pero, dada la candidez de Esfínter, preferí no comentar nada y guardarme esa valiosa información para mí. Cuando, por fin, pude atar todos los cabos, supe que sólo tenía que estar en el mismo sitio, a la misma hora, para poder a contemplar el espectáculo en primera fila. Así fue como terminó, la fuga de Piss.

Recibí las felicitaciones del alcaide Esfínter y me despedí del inspector Papá. Estaba seguro de que, pronto, nos volveríamos a encontrar.

Con Piss otra vez controlado en El Pañal, aquella noche pude dormir a pierna suelta.

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