Lost In Translation

Los humanos somos una especie previsora. De eso no cabe duda. Nuestro lóbulo prefrontal, resultado de millones de años de evolución, es lo que nos distingue del resto de animales y lo que nos permite adelantar acontecimientos, de manera que, si abrimos la nevera y sólo vemos un yogur caducado, medio limón reseco y dos hojas de lechuga, gracias a nuestro neocórtex podemos saber que, si queremos comer el próximo jueves, debemos hacer acopio de alimentos. Es una ventaja.

Pero a veces nos pasamos de previsores. Sobre todo, cuando se trata de niños y educación. Es tanta nuestra necesidad de anticipación, que queremos que los niños adquieran en el presente conocimientos que, como pronto, les podrían servir dentro de varios años. Al decir esto, pienso en la insistencia en el aprendizaje del inglés a edades cada vez más tempranas. Somos tan calculadores que nos parece una gran idea, dado que vivimos en un mundo extremadamente competitivo, que los niños sean bilingües cuanto antes. Si es a los seis años, mejor que a los ocho; a los cuatro, mejor que a los seis; y a los dos, mejor que a los cuatro. Para defender esta práctica, nos basamos en que, con esas edades, los niños son “como esponjas” y en que si no aprenden los idiomas de pequeños, de adultos les resultará casi imposible. Cualquiera que haya tratado con inmigrantes, gente de Erasmus y otras personas que han venido a España con los veinte ya cumplidos sabe que eso no es así (yo mismo aprendí francés cuando ya me afeitaba). Pero, aunque lo fuera, estaríamos anteponiendo nuestra visión de adulto, nuestra proyección de lo que queremos que nuestro hijo llegue a ser en un futuro, a su necesidad auténtica como niño, porque ¿cómo se puede aprender otro idioma cuando todavía no se domina el propio?, ¿quién puede saber si dentro de 20 años no resultará más provechoso saber hablar chino?.

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Creo que, como en cualquier aprendizaje, son más importantes la vivencia propia y el interés verdadero por la materia que el hecho de que alguien nos explique machaconamente la teoría. En el caso del idioma, hay un ejemplo muy cercano. Toda una generación de españoles estudiamos inglés desde pequeños de manera reglada: un profesor nos hablaba en inglés, nos explicaba la gramática y nos enseñaba cómo se escriben las palabras. El resultado es que muchos podemos comprender textos en inglés y seríamos capaces de rellenar huecos en una frase con un pronombre, un adverbio o una preposición, pero son pocos los que podrían entenderlo y hablarlo con fluidez, porque no lo hemos vivido. En Alemania, existe la costumbre de viajar por el mundo durante un año, una vez acabado el instituto. Ahí está el aprendizaje vivencial. He conocido alemanes que, en ese año viajero, habían aprendido un castellano casi perfecto.

Hay niños afortunados que tienen un papá de una nacionalidad y una mamá de otra, y que hablan con cada uno en su lengua materna. Hay niños que, por las circunstancias que sean, pasan un período de su vida en un país donde se habla otro idioma y lo aprenden (vivencialmente), en contacto con otros niños. Cualquiera de los dos casos es una verdadera suerte. Pero, también, hay papás y mamás que han aprendido otra lengua distinta de su lengua materna, que la usan, con mayor o menor frecuencia, en su trabajo o en sus viajes y que hablan a sus hijos en ese idioma (que no es el suyo) para que el crío lo vaya conociendo. El problema de este enfoque, en mi opinión, es que con el lenguaje, no sólo transmitimos conocimientos, sino también emociones, y creo que debe de ser complicado transmitir emociones sinceras en una lengua que no es la tuya.

Ojo: no se trata de poner en cuestión la importancia de hablar idiomas. Los idiomas multiplican nuestra capacidad de comunicarnos con otras personas, nos facilitan las cosas a la hora de viajar y, a veces, nos resultan útiles en el trabajo. Quien habla dos, tres o cuatro idiomas, tiene un tesoro de incalculable valor. Tampoco voy a negar que, al estilo tradicional de enseñanza, algo queda. La cuestión es, una vez más, atender a las necesidades reales del niño en la etapa de desarrollo en la que se encuentra, porque pretender que un niño aprenda un idioma con tres años por si le hace falta con treinta, es como decidir hoy la ropa que se va a poner allá por el mes de abril de 2018.

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3 respuestas a Lost In Translation

  1. Mamá de A dijo:

    Al igual que papá, creo que poder comunicarte en otros idiomas enriquece mucho la vida y las relaciones personales. Es una suerte si ,además, lo puedes aprender en el país, “in-situ”, pues te empapas de la cultura. Pero estoy totalmente de acuerdo en que si tu cuerpo está invirtiendo toda su energía en desarrollarse físicamente, tu mente en aprender ese código con el que se comunican tus papás y tu percepción en captar todo el lenguaje no verbal, que te hará una persona empática y sensible en tu trato con los demás, el meter otro idioma de forma teórica es como intentar mantenerte de puntillas mientras piensas el resultado de multiplicar 7×7 y te piden 5 sinónimos de la palabra “políglota”…

  2. Aurora dijo:

    Por lo visto antes había un cartel de “Bebés inteligentes”, y salía un bebé tocando el violín…

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