La Burbuja

Hace unas semanas, en un curso sobre acompañamiento respetuoso a niños, se nos habló de la burbuja. Tal vez no se trate de un concepto muy novedoso (se conoce normalmente como “espacio personal” y existe una disciplina que lo estudia hace tiempo: la proxémica), pero creo que es fundamental tenerlo en cuenta a la hora de tratar con niños.

La burbuja es ese espacio que cada persona necesita con respecto al resto de la gente para sentirse cómoda. Todo el mundo tiene su propia burbuja, pero ésta no es inmutable, sino que varía en función de nuestra relación con las demás personas, la confianza que tengamos con ellas, nuestros temores, etc. En efecto, mi burbuja no puede ser igual cuando me relaciono con mi madre o con mi padre que cuando estoy con una persona a la que acabo de conocer.

Los niños, por supuesto, tienen su propia burbuja. Y los bebés, aunque a algunos les cueste entenderlo, también.

Existen muchas maneras de invadir la burbuja de un niño. Diría que muchas más que de invadir la de un adulto porque, entre adultos, entran en juego condicionamientos sociales que nos inhiben, mientras que con los niños se da una especie de “todo vale”. Así, parece obligado, cuando vemos a un bebé en su cochecito, pellizcarle el moflete, tocarle las manos, ponerle el dedo en su mano para que lo agarre (en un movimiento que no puede controlar) o acariciarle la barbilla para que sonría (en un gesto que también escapa a su control).

Rompemos la burbuja cuando nos empeñamos en coger en brazos a un niño, sin importar las circunstancias: si tiene un mal día (o un mal rato), si está tranquilamente jugando en el suelo o si ya se encuentra en brazos de alguien que le da más seguridad en ese momento. Los bebés pasan de mano en mano como el salero cuando te lo piden desde el otro extremo de la mesa.
Nos gusta coger a los bebés porque son pequeños, porque pesan poco (a partir de una edad, ya no nos gusta tanto), porque nos reconforta y porque nos transmiten una paz de la que, muchas veces, carecemos. La cuestión a plantearse, entonces, es si se trata de una necesidad del bebé o nuestra.

Algo parecido sucede con las muestras forzadas de cariño. ¡Qué invasión del espacio supone obligar a un niño a darnos un beso aunque no quiera!. ¿No estaremos enmascarando en ese empeño (y en los reproches posteriores que hacemos si no recibimos el beso) la necesidad de un cariño adulto que no estamos recibiendo?.

Cuando un bebé llega a cualquier sitio, atrae, sin quererlo, una atención excesiva sobre él. Cuando llega a un lugar donde no ha estado muchas veces y donde las caras no le resultan muy familiares, necesita un tiempo de adaptación (como nos pasaría a cualquiera de nosotros), y no le ayuda mucho a relajarse si lo rodeamos entre cinco desconocidos, le hablamos todos a la vez, le obligamos a repartir besos y pretendemos que pase por todos nuestros brazos.
Lo curioso del caso es que si el que llega a un lugar nuevo, donde no conoce a nadie, es un adulto, pronto mostramos empatía hacia él, le damos espacio y dejamos el contacto físico para cuando haya más confianza.

Hay muchas otras formas de “explotar” la burbuja de un niño: cogerlo o manipularlo como si fuera un muñeco, zarandearlo o hacerle cosquillas “porque sí”, serían algunos ejemplos. En este sentido, solemos confundir la llamada “sonrisa social” o una risa nerviosa con signos de que al niño le gusta lo que le hacemos, y olvidamos que unas veces no tienen la capacidad y otras la confianza para hacer ver que algo les disgusta y, sobre todo, que su necesidad de sentirse amados, como base para su supervivencia, es más fuerte que su deseo de expresar un malestar.

La clave, en mi opinión, si queremos tener una relación respetuosa con los niños (ya sean nuestros hijos, sobrinos, nietos o ninguno de los anteriores) es, como siempre, pararnos antes de caer en automatismos, reflexionar, y tratar de dilucidar si eso que estábamos a punto de hacer, forma parte de nuestra necesidad o de la suya.
Puede ser un buen ejercicio buscar situaciones en las que respetamos el espacio del adulto, equipararlas a situaciones similares con bebés y estudiar por qué con ellos no nos mostramos tan considerados. O, al revés: fijarnos en cómo actuamos con los bebés sin preocuparnos de su burbuja y pensar en si haríamos lo mismo con un adulto.
Los niños necesitan el contacto y las muestras de cariño, pero no de cualquier forma, ni en cualquier momento. Basta un poco de observación para saber cuándo se muestran más receptivos a un acercamiento o al contacto físico.

De esta manera, les estaremos transmitiendo el mensaje de que su espacio personal merece ser respetado y les estaríamos dando las herramientas para rebelarse en un futuro contra cualquier agresión verbal o física contra su persona.

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Una respuesta a La Burbuja

  1. Aurora dijo:

    Completamente de acuerdo. Para mí el problema es que separar cuáles son las necesidades del niño y cuáles las del adulto, requiere una toma de conciencia que muchas personas no llevan a cabo por los ritmos que llevamos, porque ”si siempre ha sido así qué problema va a haber”, “porque si, total, no se entera”… Nos pesa mucho la forma en que hemos sido criados y cómo la mayoría de la sociedad entiende las cosas. Espero que poquito a poquito podamos ir cambiando la forma de ver, escuchar y relacionarnos con los bebés y niños.

    PD: Buen día para poner esta entrada… ; )

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