Ahora se puede contar (I)

Sucedió dos o tres semanas antes de que naciera nuestro hijo. Una mañana, me levanté con granos en el pecho y en los brazos. No le di mayor importancia hasta que, al día siguiente, los granos se habían extendido por todo el cuerpo. Nos alarmamos pensando en que podía ser algo contagioso, pero pronto lo descartamos porque descubrimos a los causantes, unos pequeños bichos que habitaban nuestra cama. Como poco tiempo antes habíamos estado de camping, pensamos que nos habíamos traído unas chinches de Erasmus. A medida que los picores se hacían más intensos, fuimos probando distintos métodos para eliminar el problema: Mamá aspiró el colchón varias veces y lo roció con aceite de árbol de té, y pusimos más lavadoras que un hotel de 5 estrellas para quitarlos de las sábanas. Pero nada parecía dar resultado. Para nuestros acribillados cuerpos, probamos con baños con esencia de pino y con vinagre (a la antigua usanza), pero sólo conseguimos aliviar temporalmente el malestar. En mi caso, el picor era ya insoportable y duraba todo el día, así que decidí afeitarme todo el cuerpo (salvo las cejas). Digo “afeitarme”, no “depilarme todo el cuerpo” porque para eso hace falta un valor del que carezco y menos pelo del que poseo.

La sensación de despertarse en medio de  la noche y notar cómo algo te recorre las piernas, los brazos y la cabeza no es fácil de describir. Lo intentó Stephen King en una de sus novelas y no consiguió darle la suficiente crudeza. Yo os la explico: como para no volver a pegar ojo en toda la noche. Dicen que, para vencer a tu enemigo, primero debes conocerlo bien, así que nos empapamos de toda la literatura disponible en Internet sobre cimex lectularius o chinche común. Conocíamos su ciclo reproductivo, sus lugares de residencia, su menú (dato: una vez que una chinche come, puede sobrevivir un año entero sin volver a probar bocado), sus aficiones… lo conocíamos TODO. Todo, menos una forma casera y eficaz de eliminarlas. Por eso, y por desesperación, decidimos contratar a una empresa de desinsectación. De manera que ahí estábamos, dos vegetarianos convencidos, pergeñando el genocidio de cientos o miles de bichitos. Pero eran ellos o nosotros. Su salud o la de nuestro futuro hijo.

Cuando vino el técnico a hacer su trabajo, Mamá había preparado una morgue a modo de muestra con alguno de los bichos que habíamos cazado a mano. Al hombre, con un ojo clínico más refinado que el de un C.S.I.,  le bastó un vistazo para sacarnos del error en el que nos encontrábamos: “No son chinches, almas de cántaro, son piojos de paloma”. Genial. Apréndete ahora el ciclo reproductivo de phthiraptera ischnocera… La parte buena era que como el líquido que traen sirve igual para acabar con las chinches que para desgraciar cóndores, no tuvo que volver otro día con otro mejunje. Así que desinfectó toda la casa. Literalmente. Si se dejó algún rincón por rociar fue por descuido. Puede que fuera impresión mía, pero, a nuestra vuelta, parecía que se había cebado con los espejos. En cualquier caso, no había motivo de queja. Es más, si hubiera dado una segunda capa del líquido mágico, no se lo habríamos reprochado.

El hombre se fue, con la promesa de volver en quince días a rematar la faena. Nosotros pasamos esa noche fuera de casa y volvimos al día siguiente. En esos quince días, casi recuperamos la normalidad en nuestras vidas. Todavía hubo algún intento de contraataque del bando piojil, aunque poco a poco, optaron por la retirada. Aún veíamos algún combatiente moverse por el suelo, pero la garantía de que el líquido dejaba sin descendencia a los bichos, nos daba tranquilidad. Si acaso, lavábamos la fruta algo más de lo habitual, por si, en algún momento, se nos ocurría dar un hermano a nuestro hijo.

Y, ¿cómo llegaron los piojos hasta nuestra cama?. Una ventana abierta, una rave de palomas en el tejado, una pluma que cae con pasajeros y… ya está liada. Nuestra atención debía centrarse entonces en el foco: las palomas. Hablamos con la comunidad de vecinos, pero nos dijeron que ya habían hecho todo lo que estaba en su mano para solucionar el problema: habían entrenado a un animal letal, de vuelo ágil y silencioso, que se caracteriza por su aguda visión y sus poderosas garras. Las palomas deben de estar aterrorizadas.

Halcón

Sobra decir que no nos atrevimos a abrir la ventana en todo lo que quedaba de verano por miedo a repetir la historia, con lo cual, la azotea fue adquiriendo una curiosa atmósfera que, por comparación, convertía a la del planeta Marte en habitable. Pero el proceso de desinsectación funcionó, y aquí estoy, narrándolo desde la misma casa, sobre un taburete que fue rociado hasta la extenuación, mientras me rasco todo el cuerpo al recordarlo (así es la mente…).

Fueron dos semanas difíciles, con una angustia que no le deseo ni a las palomas, pero, por suerte, ahora se puede contar.

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4 respuestas a Ahora se puede contar (I)

  1. Aurora dijo:

    ¡Jajaja! ¡Qué anecdotillas! Si os vuelven a atacar, seguro que A. se hace amigo de ellas.

  2. Aurora dijo:

    Me acabo de dar cuenta de que al final del título pone (I)… ¿Es que hay segunda parte? ¿Qué más historias habéis estado ocultando?

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