La Fuga de Piss

La policía no acostumbra a requerir mis servicios, salvo que se encuentren empantanados en alguna investigación. Y tampoco les suele gustar reconocer su incompetencia, así que, cuando recibí el aviso del Inspector Papá aquella madrugada, sabía que se trataba de algo importante. Lo que no me dijo Papá fue que, además, el asunto me tocaba de cerca: mi archienemigo, mi némesis, Walter J. Piss, o como él se hacía llamar, “Mago Piss” o, simplemente, “Piss”, se había fugado. Piss se encontraba recluido en la prisión de El Pañal, en el módulo de máxima seguridad conocido como La Vejiga y custodiado por la atenta mirada del alcaide John Esfínter. Cumplía condena por haber tenido atemorizado durante meses al tranquilo pueblo de Sábanas Limpias. En mi breve carrera como detective privado, ya me había visto las caras con él en varias ocasiones, y, aunque me avergüenza reconocerlo, con Piss suelto me costaba conciliar el sueño.

Lo primero que hice cuando llegué al presidio fue pedir una taza de leche materna. Lo segundo, por orden de importancia, entrevistarme con Esfínter: “He pagado mi inexperiencia– me dijo- Soy un recién llegado y no sabía con qué clase de criminal me enfrentaba. No debería haber aceptado este cargo cuando me propusieron. Conlleva demasiada responsabilidad“. No dije nada y dejé que sus lamentos se apagaran solos.

A continuación, el alcaide me mostró El Pañal de arriba a abajo. Se trataba de una prisión moderna, construida con un material infranqueable, con reforzamientos laterales, protocolo anti-fugas y cierres de última generación. Nada ni nadie podía salir de allí sin ser detectado, lo que convertía la fuga de Piss en un increíble truco de magia.

Una vez hube inspeccionado la cárcel y constatado que nadie había visto nada, supe que no podía hacer mucho más allí, así que me decidí a tratar de localizar al mago,  junto al inspector Papá. Mi olfato de sabueso me ayudó a seguir el rastro de Piss que nos condujo hasta el condado de Body, primero, y la vecina ciudad de Pijama, después. Allí, se perdía toda pista. Empezaba a pensar que, de la misma manera que un mago señala un objeto para distraer la atención de su público, Piss nos había llevado hasta allí con sus pistas, para alejar nuestros ojos del verdadero truco. Algo me decía que debíamos volver a El Pañal. En el camino de vuelta, en el vehículo del inspector Papá, no dejaba de rondar mi cabeza la extraña sensación de que el inspector y yo nos conocíamos de algo, sin embargo, me guardé esta apreciación para mí.

Ya en El Pañal, el revuelo era enorme. Nadie sabía ni cómo ni por qué, pero Piss volvía a estar recluido en La Vejiga. “Lo hemos conseguido” dijo Esfínter en un tono de alegre incredulidad. Estaba claro que no entendía de la misa la mitad. A pesar de todo, tenía la sensación de que aquél hombre rechoncho llegaría, con los años, a ser alguien competente, y, de algún modo, sabía que colaboraríamos estrechamente en el futuro para mantener a Piss controlado.

Rápidamente, me dirigí corriendo hacia un punto concreto de El Pañal. El inspector Papá me seguía de cerca. A pesar de la diferencia de edad, se mantenía en buena forma. Allí esperamos agazapados la segura llegada de Piss. Cuando apareció, decidí salir a su encuentro para evitar una nueva fuga que sería definitiva. No pareció sorprenderse demasiado.

“Detective A.: volvemos a encontrarnos. Lástima que no pueda quedarme a charlar. Debo completar una función.  Pero va a tener la suerte de contemplar el truco final. Sólo tengo que decir la palabra mágica: Abracadabra y…”.

“Cierracadabra”, la voz del inspector Papá retumbó en todo el presidio, al tiempo que echaba los cierres de El Pañal justo cuando el mago intentaba escabullirse. Piss estaba atrapado.
Cuando llegó el personal de la prisión, nadie entendía nada. El Mago Piss había estado a punto de fugarse otra vez, sin que nadie se percatase. El alcaide Esfínter se acercó hasta mí con los ojos como platos: “¿Cómo pudo anticiparse a sus planes?, ¿cómo lo supo?, ¿cómo pudo meterse de esa manera en su mente?”.

Resultó bastante sencillo. No necesitas tener estudios de psicología cuando eres licenciado en intuición. Los magos viven de la notoriedad y de la atención de su público, y Piss se consideraba un mago. Ante la posibilidad de que alguien creyera que se había escapado por un golpe de suerte o que alguien le había ayudado a hacerlo, consideró necesario regresar a La Vejiga y reproducir su actuación, es decir, volver a fugarse sin ser detectado. Pero cuando un mago repite el mismo truco ante el mismo público, corre el riesgo de que descubran la trampa. Sobre todo si entre el público se encuentra un joven y astuto detective privado. En la inspección a El Pañal que realicé junto a Esfínter, encontré una rendija minúscula, una vía de escape que hacía vulnerable la inexpugnable prisión y por la que, sin duda, Piss se había escabullido la primera vez. Pero, dada la candidez de Esfínter, preferí no comentar nada y guardarme esa valiosa información para mí. Cuando, por fin, pude atar todos los cabos, supe que sólo tenía que estar en el mismo sitio, a la misma hora, para poder a contemplar el espectáculo en primera fila. Así fue como terminó, la fuga de Piss.

Recibí las felicitaciones del alcaide Esfínter y me despedí del inspector Papá. Estaba seguro de que, pronto, nos volveríamos a encontrar.

Con Piss otra vez controlado en El Pañal, aquella noche pude dormir a pierna suelta.

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2 respuestas a La Fuga de Piss

  1. Aurora dijo:

    Me declaro tu fan número uno, hermano. ¡viva el detective A.!

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