Sin Dirección

Cuento una escena que contemplaba a menudo cuando trabajaba tramitando DNIs: un niño venía acompañado de su madre y su padre para hacerse su primer carnet de identidad. Al pedirle que pusiera su nombre o su firma en el papel, el padre o la madre del chico me preguntaban: “¿Cómo tiene que firmar?”. Mi respuesta era siempre la misma: “Como él quiera”. A continuación, y haciendo poco caso de mi comentario, de la boca de los padres salían observaciones de todo tipo: “Hazlo grande”, “No tan grande”, “No te salgas de la línea”, “Ponlo en mayúsculas”, “Te faltan los apellidos”, “La firma que hagas ahora la tendrás que hacer siempre”, “Coge bien el bolígrafo”. En una de esas escenas típicas, llegué a presenciar una reprimenda horrible y degradante de un padre a su hijo por no haber hecho bien el punto de la “i”. Así de triste.

Seguramente, no nos damos cuenta, pero nuestra relación con los niños es una relación tremendamente directiva. Pensamos que debemos enseñarles todo porque, de lo contrario, nunca aprenderán nada. Los dirigimos como si sus vidas nos pertenecieran, les explicamos las cosas como si nuestro conocimiento fuera infinito y les corregimos sin darles la oportunidad de averiguar, por ellos mismos, en qué se han equivocado. Detrás de todo esto, hay una absoluta falta de confianza en las capacidades del niño. Como son niños, no saben, y como no saben, tenemos que mostrarles todo. Bastaría con pararnos un poco y escuchar cómo nos dirigimos a ellos, para darnos cuenta de hasta qué punto nuestro lenguaje es directivo. ¿Cuántas veces rompemos su concentración para hacerle una observación sobre algo que está haciendo o sobre cómo lo está haciendo?. Si le digo a un niño que el elefante que ha dibujado está “mal” porque lo ha coloreado de verde, y todo el mundo sabe que los elefantes son grises, probablemente aprenda que los elefantes son grises, y en adelante los pinte así, pero también, probablemente, aprenderá a ser “masa”, a obedecer ciegamente y a no cuestionarse nada.

Nuestro actitud directiva no sólo se manifiesta de palabra. Cuando un niño está aprendiendo a andar y se cae al suelo, nuestra primera reacción suele ser levantarlo o cogerlo en brazos, sin darle, siquiera, la oportunidad de volver a ponerse en pie por sí mismo. No caemos en la cuenta de que el levantarse es un aspecto tan importante de su aprendizaje como puede ser cada paso que dé.

Me gusta pensar en los adultos como “acompañantes”, más que como “educadores”1 de los niños. Nuestro papel, creo, debería limitarse a estar presentes, a servir de ejemplo (con nuestras acciones, no con nuestras palabras), a proporcionar un ambiente seguro y a permanecer cerca, mientras ellos aprenden, prueban y se equivocan, de manera que cuando realmente nos necesiten, puedan hacérnoslo saber. Deberíamos darles las herramientas para que lleguen a ser personas autónomas, pero no en el sentido de enseñarles todo cuanto antes para que sepan hacer muchas cosas, puesto que seguirían dependiendo de nosotros para aprender, sino más bien, ofrecerles toda la seguridad y el cariño que requieren para que puedan desarrollar la autoestima necesaria y las capacidades que les permitan resolver cada situación que se les plantee en la vida por ellos mismos. En eso consiste la autonomía.

Somos tan directivos con ellos, que, incluso en algo tan exclusivamente infantil (en teoría2) como es el juego, nos empeñamos en decirles cómo deben hacer las cosas: “Formad dos equipos, unos tienen que perseguir a los otros. Y no vale quedarse escondidos todo el tiempo”. ¿Tan incapaces les creemos de gestionar sus propios juegos con sus propias normas?. ¿De verdad pensamos que se divertirán más con una organización y una supervisión “100% adulta”?. A los adultos nos encanta jugar con los niños, y no hay nada malo en ello, pero creo que antes de hacerlo, deberíamos plantearnos hasta qué punto el hecho de que participemos en sus juegos es una necesidad suya o nuestra. Y, una vez hecho esto, pedirles permiso, bajar a su altura, volver a sentirnos niños y aceptar sus reglas sin tratar de imponer nuestra visión adulta. La mayor expresión de placer de un niño se da en el juego libre, que es el juego creado y organizado por ellos, para lo cual cuentan con una imaginación desbordante. Cuando el adulto interviene para marcar las pautas, corta las alas a su creatividad, y el juego libre se convierte en… otra cosa .

El resultado de tanta actividad dirigida: niños que se aburren si un adulto no les dice cómo tienen que jugar; muchachos de 12 años que aún preguntan qué ropa se ponen; adolescentes que no saben qué carrera escoger porque nunca han tenido que decidir nada; chicos que, con 16 o 17 años, van a hacerse el carnet de identidad y cuando se les pide que firmen, inmediatamente, miran a su padre o a su madre para que les diga cómo deben hacerlo.

1RAE- Educar: dirigir, encaminar, doctrinar.
2No dejamos de jugar porque nos hacemos mayores. Nos hacemos mayores porque dejamos de jugar.

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8 respuestas a Sin Dirección

  1. Aurora dijo:

    Lo mejor es lo que ellos son capaces de enseñarnos si les dejamos el espacio para ello. Hay por ahí un libro interesante que se llama “Nuestros maestros los niños”, y es que, ellos que aún no están contaminados, son unos grandes maestros para nosotros, pero tenemos que dejarnos enseñar.

  2. Mamá de A dijo:

    La no directividad podría confundirse fácilmente con la permisividad o la ausencia de límites, cuando es, justamente, todo lo contrario. Cuando contamos con la presencia de un adulto, un referente, que “está”, pero no interviene en lo que sólo incumbe al niño, en cómo juega, cómo pinta o cómo plasma toda su identidad al hacer su firma, sino que sólo ofrece al niño un ambiente seguro, para lo cual, establece unos límites claros y coherentes, se relaciona con él de forma respetuosa y ve al niño como un SER pleno, lleno de potencial y que se desarrolla a su ritmo, entonces tenemos una relación sana y no directiva.
    Rebeca Wild lo ha comprobado durante más de 30 años y lo explica en su libro “Libertad y límites ,Amor y respeto”…de todas formas, creo que me estoy adelantando…papá seguro que tiene ganas de escribir sobre este tema.

    • wawier dijo:

      No podría haberlo dicho mejor y, es bueno aclarar que no es lo mismo no ser directivo que permitir todo. Mil gracias, Mamá de A..
      Seguro que habrá una entrada sobre límites. Un tema apasionante.
      Muchos besos.

  3. Marina dijo:

    Hola soy Marina, amiga de Aurora del colegio. Sigo el blog y me parece genial Javier, aprendo cosas nuevas y me gusta tu vision. Me alegro que tengais vuestra propia forma de enfocar las cosas, sin importaros lo que hace el resto. Es una tarea dificil pero imprescindible desde mi punto de vista, libertad para elegir lo que quereis y vivir como creeis independientemente de la opinion de los demas.
    Un abrazo,

    Marina

    • wawier dijo:

      Hola, Marina. ¡Bienvenida!. Muchas gracias por tu comentario. Me alegro de que te guste el blog.
      Efectivamente, no es tarea fácil nadar a contracorriente, pero consideramos que esta experiencia lo mejor que le podemos dar a nuestro hijo.
      No tenemos todas las respuestas, ni mucho menos, y el día a día nos va resolviendo unas dudas y planteando otras, confirmando algunas de nuestras ideas previas y haciendo que revisemos algunas otras. Es un aprendizaje constante y muy enriquecedor. En cualquier caso, me alegro de que podamos estar viviendo esta aventura.
      Un abrazo.

  4. Qué gigante reflexión. Me encanta!!! Y también los comentarios. Ser acompañante de nuestros hijos y respetan sus ritmos no tiene nada que con la permisividad. Qué manera de liar la perdiz!Mi último post tiene algún punto de conexión con este tema.
    Un abrazo y enhorabuena por la reflexión!

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