La Banda del Gas

Me llamo A. Al menos, eso es lo que pone en la puerta de mi agencia de detectives privados. A pesar de mi juventud, he resuelto varios asuntos importantes. Por eso, no me suele faltar trabajo, pero el mes de agosto es igual de nefasto para todos los negocios y el mío no es una excepción.

De hecho, aquella mañana estaba resultando bastante aburrida hasta que recibí en mi despacho la visita de la señora Mamá. Era una mujer de unos 34 años. Su belleza era de otro tiempo. Tenía unas piernas tan largas, que le llegaban hasta el suelo y un brillo de ojos que derretiría un polo de fresa en un congelador. Soy un tipo de pocas palabras, así que nuestra conversación derivó pronto en un monólogo. Mamá me contó que su hijo regentaba un cortijo de estilo mejicano llamado Mi tripita. El negocio marchaba bien, pero en las últimas semanas se habían producido altercados nocturnos y sospechaban de un grupo mafioso apodado La Banda del Gas. Trabajaban bien, eran silenciosos y nadie los había visto nunca. Mamá me dejó caer que ella y su marido estaban desesperados y que harían lo que fuera por su hijo. Después, me suplicó que me encargase del caso. Bebí un trago de leche. Hay gente que la estropea con café, pero yo la prefiero sola. Qué le voy a hacer, soy así de duro. Sin embargo, no pude resistirme a los encantos de aquella mujer y decidí aceptar el caso. Una mirada me bastó para hacerle entender que me ocuparía de encontrarlos.

Los primeros pasos de mi investigación me llevaron a La Boca, un garito lóbrego, con mucha humedad, al norte de la ciudad. He estado en garitos peores, pero prefiero no recordarlos. Descubrí que era allí donde captaban a los integrantes del clan mafioso mediante un proceso de reclutamiento que llamaban “la succión”. Al parecer, no todos los que frecuentaban el antro, valían para ser “un Gas”. Me senté en la barra y pedí un chupito de leche materna. Noté que el barman me miraba raro, así que decidí salir de allí cuando empezaba a levantar sospechas. Tengo que decir que no me gusta llevar armas. Confío en mi mirada, que podría atravesar más paredes que las balas de un Smith & Wesson.

Mi siguiente destino fue el restaurante italiano Lo Stomaco. Mi olfato de sabueso me decía que el dueño de La Boca y el de Lo Stomaco eran la misma persona. Conocía bien aquel restaurante. Durante un tiempo, comía allí todos los días. El gerente, un tal Cardias, recibía en la puerta a los clientes y los acompañaba a su mesa. El trato era exquisito. No puedo negar que se come bien, pero lo cierto es que cuando terminé el postre, no había conseguido sacar nada en claro, así que, pagué la cuenta y decidí dar un rodeo al edificio para vigilar la parte trasera. Los minutos pasaban y allí no ocurría nada digno de mención. De pronto, cuando ya estaba a punto de marcharme, una puerta se abrió y apareció el propio Cardias, acompañado de sus esbirros Píloro y Duodeno, dos tipos tan feos como sus nombres, que arrastraban a un muchacho hasta la calle. “Fuera de aquí- gritó el gerente- Nunca serás un Gas. Lárgate de aquí, maldito eructo, y no vuelvas”.

Me deslicé silenciosamente hacia la Gran Avenida. Allí, traté de encajar mentalmente las piezas del rompecabezas. Había una relación clara entre La Boca y Lo Stomaco, pero, ¿cómo llegaban Los Gases a Mi Tripita, sin que nadie se diese cuenta?. ¿Qué detalle se me estaba escapando?. Decidí acudir, entonces, a un viejo conocido: Jimmy “el Sonajero”. Los colegas de profesión lo llamaban así porque te alegraba el oído con sus soplos. Me dijo: “A., hazme caso, la solución de este caso está muy profunda. Pero ándate con ojo si no quieres acabar pringado de caca hasta arriba. Y, recuerda, yo no te he dicho nada”. “¡¡Pues claro!!- pensé- las cloacas, el intestino grueso de la ciudad”. Ésa era la conexión entre La BocaLo Stomaco y Mi Tripita. Abrí una alcantarilla cercana al cortijo y me introduje en aquel laberinto de túneles oscuros. Mi buen sentido de la orientación me iba guiando. Justo cuando alcancé el punto que, según mis cálculos, se encontraba debajo de Mi Tripita, comencé a oír voces. No había duda, eran ellos: la Banda del Gas. Estaban preparados para dar su siguiente golpe. Sin embargo, parecía que algo no iba bien entre ellos. “Ésta no es la salida, estúpido. Ya nos has vuelto a perder. ¿Estás loco?, ¿qué quieres, matarnos?. Has estado a punto de sacarnos por un precipicio”, oí que gritaba uno de ellos al que los orientaba. En ese instante, salí de mi escondite. Ellos se giraron, todos a la vez. Serían unos diez, pero los tenía rodeados. Reuní fuerzas y me decidí a atacar. Bastó un empujón y todos se precipitaron por aquel agujero generando un enorme estruendo. Ya no volverían a molestar.

A la mañana siguiente, Mamá vino a verme al despacho. Lucía una sonrisa que iluminaba toda la habitación. Estaba muy agradecida e insistía en hacerme entrega de la recompensa económica. “Es lo justo- decía- al fin y al cabo, un trato es un trato”. A pesar de su deslumbrante belleza, no podía evitar verla como a una madre. Le dije: “Invíteme a un trago y estamos en paz”.

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6 respuestas a La Banda del Gas

  1. Aurora dijo:

    Jiji! Me ha encantado!

  2. Rob dijo:

    Magnifica….queremos segunda parte ya,

  3. croqueten dijo:

    Qué bueno!! Jajaja
    Fan!
    Jimena

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