¡Qué emoción!

Hora y media de ida al trabajo y otra hora y media de vuelta dan para leer mucho. Sólo hace falta conseguir buenos libros. De todos los que leí antes de ser papá, uno de los que más me marcó fue “Mi bebé lo entiende todo” de Aletha J. Solter. En él, la autora trata diversos temas sobre la crianza en una línea muy interesante, pero similar a otros libros que ya había leído. Lo novedoso y lo rompedor de éste, para mí, fue cómo se aproximaba al tema del llanto. Solter entiende el llanto como un elemento terapéutico que ayuda a sanar emociones dolorosas a los niños (y a los adultos), de manera que ella apuesta, no sólo por no cortarlo, sino por permitirlo. Se refiere, entendámonos, a ese llanto que se produce cuando todas las necesidades físicas (alimento, cariño, higiene, ausencia de dolor, etc.) han sido cubiertas.

Según la autora, los niños utilizan el llanto, además de para expresar que tienen hambre, que están molestos o que quieren que los cojas en brazos, para reponerse de alguna experiencia traumática anterior o presente. Lo llama “llanto de desahogo” y, según cuenta, puede durar desde unos pocos minutos hasta más de una hora. Cuando el niño ha podido llorar todo lo que necesitaba para expresar su malestar, su enfado, su inquietud o su pena, se queda tranquilo.

Permitir que el niño llore no significa dejarlo en otra habitación para que no moleste o seguir haciendo otras cosas, sin prestarle atención hasta que pare. La actitud del adulto, dice Solter, debe ser cercana y afectuosa; si el niño lo permite, se le puede coger en brazos, pero sin mecerlo o intentar distraerlo, puesto que, de lo que se trata es de que se exprese, no de que frene el llanto. Resulta positivo para él que, mientras lo sostiene, el adulto intente poner palabras a lo que podría estar sintiendo. Palabras de comprensión, claro. Frases como “Sí, te has caído, y eso duele”, “Estás triste porque no querías irte tan pronto” o “Entiendo que estés disgustado: vamos a cenar y a ti te gustaría jugar un poco más” serían algunos ejemplos.

Lo contrario a esta actitud comprensiva sería utilizar lo que ella llama “pautas de control”. Una pauta de control es algo que sirve para reprimir el llanto: un chupete, una distracción momentánea, un “no llores, que no ha sido nada”. Incluso la teta de la mamá, utilizada con este propósito, sería una pauta de control. El problema de las pautas de control, es que, al apaciguar el llanto que se desencadena, la emoción queda bloqueada y, con toda seguridad, se manifestará en cualquier otro momento. Si se vuelve a reprimir más adelante, la tensión irá en aumento, como una bola que se hace más y más grande. Por eso, no es raro ver en niños rabietas por motivos sorprendentes: cuando lloran desconsoladamente porque no quieren que les ates los zapatos, no es que el hecho de anudarle los cordones les traumatice, es que, seguramente, están exteriorizando una frustración anterior.

Creo que no es fácil poner en práctica todo lo que dice la autora por varios motivos. Primero, porque el llanto genera en nosotros una mezcla de lástima y de inquietud que nos impulsa a frenarlo. Y más si de quien viene es de tu propio hijo. Al fin y al cabo, somos animales empáticos. Segundo, porque, por lo general, no se nos ha animado a llorar, así que hemos llegado a ver el llanto como algo negativo y a asociarlo con mimo o consentimiento, de manera que nos cuesta entenderlo como una necesidad más que como un capricho. Y tercero, porque a ver quién es el o la valiente que se atreve a abrazar a su hijo mientras llora (sin intentar calmarlo) en el silencio sepulcral de la sala de espera del médico, mientras otros padres y otras madres te clavan su mirada inquisidora, a la vez que ofrecen soluciones alternativas: regalarle un caramelo al pequeño, darle un vaso de agua “para que se le pase” o decirle que deje de llorar “que se pone muy feo”.

Sí, definitivamente, es complicado. Pero hay que intentarlo. Por el bien de los niños. Por el bien de todos, vaya. No creo que el niño al que se le permita llorar se pase todo el día llorando. Tampoco considero que, por ello, se vaya a convertir en un “blando”. Ni siquiera que vaya a utilizar el llanto para conseguir lo que quiere.
Lo que sí creo es que sólo un niño al que se le ha permitido expresarse puede convertirse en un adulto que sabe gestionar sus emociones. ¿Cuántas veces nos ha pasado que no sólo no somos capaces de exteriorizar lo que sentimos, sino que, ni siquiera sabemos realmente cómo nos sentimos?. ¿Nos resultaría más fácil ahora, si cuando nos encontrábamos contrariados, tristes o disgustados en nuestra infancia, nos hubieran dicho: “Adelante, suéltalo. Dime cómo te sientes”?

Yo sentía que tenía que hablar de esto. Y me siento feliz por haberlo hecho.

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9 respuestas a ¡Qué emoción!

  1. Javi, la verdad es que el artículo está muy bien. Enhorabuena.

    Para ser sincero, siempre que los leo me vienen dudas a la cabeza. ¿Hasta qué punto una teoría, por buena que sea, no choca en algún momento con la realidad individual de cada sujeto,en este caso bebé? Esta sería una pregunta que me imagino que solo me podrás contestar, parcialmente, cuando hayas llevado la teoría a la práctica. Yo lo que sí que creo, y eso viene a reafirmar lo que tu dices, que uno de los mayores límites en la educación de los hijos, son las propias limitaciones de los padres, lo cual es lógico. Quiero decir, si alguien llega cansadísimo del trabajo después de una larga jornada, ¿será capaz de oir a su hijo llorar y llorar durante una hora por ejemplo sin perder la paciencia? o una madre que le da dolor ver a su hijo llorar, ¿será también capaz?

    En fin, si se me ocurre otra pregunta, te la digo 🙂

    • wawier dijo:

      Gracias, Juan.
      Nosotros tampoco estamos libres de dudas. Son cosas que hemos escuchado, leído y observado, y que nos parece que tienen mucho sentido, pero, como tú dices, hasta que no las pones en práctica, no sabes cómo pueden salir. Y, en cualquier caso, lo que vale para nosotros no tiene por qué valer para otra familia. En el caso concreto del llanto, aunque nuestro bebé es aún muy pequeño, ya hemos tenido alguna experiencia de acompañamiento del llanto que ha resultado muy reveladora y, hasta cierto punto, mágica. Ya te la contaré.
      Estoy de acuerdo en que no siempre será fácil permitir el llanto y habrá ocasiones en las que haya que “aplazarlo” y permitir que el niño lo saque en otro momento, pero de ahí, a reprimirlo constantemente como se suele hacer, al más mínimo atisbo de lloro, va un trecho. Como decía en el post, no es fácil, pero hay que intentarlo. Creo que el mensaje que se transmite a los niños es positivo: “Puedes expresar cómo te sientes, que yo te voy a escuchar” o “Cualquier sentimiento que tengas merece ser tenido en cuenta”.
      Un saludo.

    • NIKITZA ANHEL dijo:

      Disculpe señor, que me meta… Usted lo mencionó en su penúltima línea de su texto… LA PACIENCIA… el “deber ser” (lo ideal pues), es que como padres tengamos paciencia, pero como humanos al fín podemos perderla en algún momento y ya sería un error humano, pero repito, el deber ser es SER PACIENTES y mucho!

      • wawier dijo:

        Hola, Nikitza.
        Desde mi punto de vista, todas las emociones, tanto en niños como en adultos, son válidas y respetables. Eso incluye, claro, perder la paciencia. Otra cosa son las acciones que se derivan de esas emociones. Pegar a un niño cuando se ha desbordado nuestra paciencia no es respetable.
        Para mí, la paciencia es una de las capacidades fundamentales que debe tener quien quiere acompañar a niños y niñas de una manera respetuosa, pero, como tantas otras cualidades, requiere trabajo, mucho trabajo. Y en ese proceso de hacernos más pacientes, perderemos la paciencia muchas veces. Pero es inevitable. Somos human@s,

        Gracias por tu comentario.

  2. Aurora dijo:

    Más de uno necesitaría llorar un buen rato como hacen los bebés, para desahogarse de tantas vivencias que nos causan malestar y que no hacemos más que tragar y tragar. Lástima que el llanto esté considerado como algo negativo, con lo senador que es, para mayores y pequeños.

    • wawier dijo:

      Sí. Deberíamos tener la misma facilidad para llorar, cuando así lo sentimos, que tenemos para reír. Debería estar tan bien vista una cosa como la otra, porque son igual de sanas y porque, al fin y al cabo, la tristeza, la angustia o la pena son sentimientos que están ahí, que son humanos, y que hay que aceptar. ¿Por qué esforzarnos por poner buena cara cuando no es lo que sentimos?. ¿Qué ganamos con eso?. Y, desde luego, si desde pequeños pudiéramos expresarnos libremente, de adultos no necesitaríamos tanta terapia, ni pastillas, ni ganas de evadirnos.
      Gracias, Auro.

  3. Aurora dijo:

    Senador, no; sanador.

  4. rafa dijo:

    Hola, muy bien explicado esa parte del libro.

    Para mí, este, junto con alguno de Laura Gutman y “el concepto del continuum” de Jean Liedloff, es de los mejores libros de crianza que he leido. Es muy completo, y desde luego muy práctico. Se que se le ha criticado por el tema concreto de acompañar en el llanto cuando el origen sea de origen traumático, Toca todos los aspectos importantes, llantos, risas, juegos, traumas, premios, castigos, etc. siempre desde el respeto.

    Pasado el tiempo puedo decir que estoy completamente de acuerdo con la autora. Este libro lo leí poco antes del nacimiento de mi hijo, antes había leido más acerca de crianza natural. Nuestro hijo tomó leche materna durante 18 meses, a los 9 ya comia lo mismo que nosotros (carne, pescado, huevos, verduras, fruta, etc), no tomó potitos ni cereales ni “comidas especiales para bebes”, sigue durmiendo con nosotros (3 años), le hemos porteado, etc. A pesar de que tuvo una crianza respetuosa, algunas tardes lloraba sin motivo aparente, a pesar de intentar satisfacer todas sus necesidades, seguían los llantos, así que al poco me acordé de lo que había leido acerca del llanto de Aletha Solter y decidí que no me quedaba más remedio que intentar probarlo, tan sencillo como cuando el niño empezó a llorar sujetarle con cariño, abrazarle.. a los pocos minutos dejó de llorar, estaba sudando pero la expresión era de felicidad, de relajación absoluta, mi mujer y yo nos emocionamos al verle tan feliz (tenía menos de una semana), al poco lo sujetó mi mujer y se lo puso al pecho ya que ahora si que dio muestras de tener hambre, al poco se quedó dormido (cuando empezó con los llantos mi mujer le ofreció el pecho y lo rechazó). En este caso, probablemente debido al parto medicalizado, el ruido de las visitas, todas las novedades y demás sobre estímulos el niño tuviera acumulado mucho estrés, y el llanto sirviera para liberarlo.

    Los siguientes días no tuvo ese tipo de lloro, aunque si se repetían una media de una vez por semana y duraban unos pocos minutos. No hemos recurrido al chupete ni similares con nuestro hijo, no ha hecho falta, creo que esto nos ha servido para que él sea un niño muy feliz y tener una conexión mucho más profunda con él.

    Ahora tiene 3 años, todo el mundo nos dice que se le ve muy feliz y tranquilo, nosotros creemos que es así, pero no le ponemos etiquetas, sencillamente le damos a entender que le valoramos como es .

    Resumiendo, un gran libro.

    Un saludo

    • wawier dijo:

      Hola, Rafa.
      Muchas gracias por tu comentario. Me alegro de que te gustase la entrada. Y me alegro de encontrar padres (en masculino) interesados por otra forma de entender la crianza.
      Por mucha conciencia que pongamos a la crianza, creo que es imposible que nuestr@s hij@s no tengan algún episodio de llanto como el que describe Aletha Solter, porque siempre habrá días más intensos y estresantes, días en los que nuestro ánimo como mamás o papás no sea el mejor (y ellos lo notan y lo reflejan) y ambientes con un exceso de estímulos que no podemos evitar. Lo importante, para mí, no es que los accesos de llanto no se produzcan, sino que cuando se produzcan, sepamos acompañarlos de la mejor manera posible, es decir, aceptándolos, permitiéndolos e, incluso, facilitándolos.
      Nosotros también tuvimos una experiencia interesantísima relacionada con el llanto al poco tiempo de nacer nuestro hijo, pero es tan personal, que prefiero contártela en persona si algún día nos encontramos.
      Me alegro de que vuestro hijo crezca feliz, sano y tranquilo. Ójala todos l@s niñ@s pudieran hacerlo.
      Un saludo.

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