– 219.600

Mira que le dije al encargado de mantenimiento de mi bloque que arreglara el tema del vórtice espacio-temporal. Bueno, pues ha debido de hacer con ello lo mismo que con la porquería del portal: lo ha cambiado de sitio. Así que, el otro día, subía por la escalera del garaje y… ¡zas!… me teletransporté. Llegué a un lugar a campo abierto. No veía ni coches, ni edificios, ni ningún otro rastro de modernidad. No se oía ni un ruido, salvo el trino de los pájaros. A cierta distancia, bajo un árbol, un hombre se encontraba junto a un crío. Me acerqué. Su aspecto no podía ser más primitivo. Como no sabía muy bien qué hacer, dije lo primero que pasó por mi cabeza: “Unga, unga”.

“Hola- dijo el hombre- me llamo Cron”. “¿Cómo es que hablas mi lengua?… quiero decir… ¿cómo es que hablas?” pregunté sorprendido. “Verás, yo también uso las puertas espacio-temporales. De hecho, tenemos una particular en nuestra cueva. He viajado varias veces a tu tiempo”, contestó él.

A decir verdad, no sólo las usaba, sino que les sacaba buen provecho. Según me contó, había estudiado Filosofía y Letras por la UNED, se había hecho socio del Rayo Vallecano y conocía a todos los concursantes de Master Chef. “Estamos en el 219.600 a.C. de vuestro calendario. Digo de “vuestro calendario” porque nosotros no nos molestamos en medir el paso del tiempo. Aquí vivimos el presente. Un día estás vivo y al día siguiente has muerto aplastado por un mamut. Carpe diem, coleguita”. Y lo de “coleguita” me pareció más prehistórico que su vestimenta.

Fue entonces cuando me fijé en su hijo. Estaba levantando una piedra del tamaño de mi cabeza. “Está bien hermoso”, le dije. “Somos una especie fuerte y vigorosa- dijo él- pero, por lo que he podido comprobar, la estáis echando a perder con toda esa basura que coméis”.  “¿Y qué come tu hijo?”, pregunté. “¡Qué va a comer! La leche de su madre, complementada con frutas, raíces y semillas” respondió Cron. “¿La leche de su madre?. Pero tiene unos dos años…”, espeté. “Ya estáis los del siglo XXI con las historias de siempre… Que si es muy mayor para seguir mamando, que si no se va a soltar nunca de la teta… Para empezar, aquí no existen leches de fórmula, como puedes comprender. Pero, además, no hay mejor alimento para un niño que la leche de su madre. No lo digo yo, lo dice la OMS. La leche materna le aporta todo lo que necesita. ¿Qué necesidad habría de darle otra cosa?”. “Pues es verdad”, pensé.

El niño tiró la piedra de golpe, soltó una carcajada y me miró. “Unga, unga”, saludó divertido. Era evidente que su padre no había tratado de imponerle el bilingüismo a tan tierna edad, con la absurda pretensión de que un segundo idioma le sirviera, en un futuro, para su carrera laboral.

“Ven conmigo. Te enseñaré mi cueva y allí podrás volver a tu tiempo en seguida. Imagino que en los veinte minutos que llevas aquí, echarás de menos la televisión” dijo Cron. En esta última frase noté una cierta dosis de ironía.
Mientras marchábamos, el pequeño iba observando todo lo que encontraba en el camino. Tan pronto jugaba con una rama caída, como tiraba piedras a un charco para comprobar lo que pasaba. Cuando veía un animal, lo miraba fijamente, como para almacenar en su memoria el mayor número de detalles. Y cuando encontraba un árbol, intentaba trepar por él con destreza. Todos sus movimientos eran seguros y bien coordinados. “Una de las cosas que más gracia me hace de la modernidad– dijo Cron- es esa manía vuestra de tener a los niños encerrados entre cuatro paredes, sentados durante horas y horas, rellenando con colores una figura de un árbol, sólo para que aprendan lo que es un árbol, cuando tienen cientos de ellos, y de muy diversos tipos, en el exterior para ser tocados, olidos y trepados. Los niños pequeños necesitan movimiento y experiencias. Cuando sacan más provecho a su aprendizaje es cuando proviene de una vivencia y, sobre todo, de un interés propio, no de un adulto. Además, me da la impresión de que en vuestras escuelas, se dedica mucho tiempo a la socialización, pero un niño tan pequeño no está preparado para ello”. “Caramba con Cron”- pensé- “Parece que fue ayer cuando comenzó a caminar erguido”. Me quedé un rato en silencio, meditando sobre lo que acababa de escuchar y volví a mirar al pequeño. Ahora, recogía palos y los iba colocando en el suelo, ordenados por tamaño.

Llegamos a su casa. Su familia no es que me mirara raro, es que no se quedaron tranquilos hasta que me olfatearon de arriba a abajo. Mis feromonas no transmitían señales de peligro. En total, en la cueva, habría unas 20 personas. “¿Celebráis algo?”, pregunté ingenuamente. “Sí, la Epifanía del Señor” contestó Cron con sarcasmo. Empezaba a dudar si la ironía es algo propio de nuestra especie o la habría adquirido en sus innumerables viajes al presente. En ese momento, reparé en una mujer de avanzada edad que portaba a sus espaldas, bien sujeto, a otro niño aún más pequeño que el hijo de Cron. Por la edad, deduje que no sería su madre. “Aquí vivimos en clanes- prosiguió- todos cuidamos de todos. Vosotros tenéis hijos, los cuidáis un tiempo en pareja y, bien pronto, se los dais a unos desconocidos para que se encarguen de ellos. Vuestro problema es que vivís en el “YO”. Yo, en mi casa; yo, con mi pareja; yo con mi hijo. De la manera en que lo planteamos nosotros, no se trata de diluir las responsabilidades de los padres, pero sí de tejer una red de ayuda familiar que facilite la crianza. El clan es una estructura mucho más práctica para criar que la pareja convencional de vuestro tiempo”. En este punto no sabía si discrepar o no. De primeras, me estremecí pensando en meter en nuestra casa a hermanos, primos, abuelos, cuñados y suegros al mismo tiempo, pero pensé que viviendo en clanes, ciertamente, nos ahorraríamos las guarderías.

Al fondo de la cueva una mujer y un hombre dormían con dos niños sobre un mismo lecho fabricado con ramas, hierbas y hojas. “Sí- dijo Cron, adivinando mi pensamiento- dormimos todos juntos. Es mucho más seguro. Si no fuera así, los bebés podrían ser devorados fácilmente por cualquier animal. Vosotros los separáis desde muy pequeños de sus padres y los ponéis a dormir en otra habitación de la casa. Ya sé, ya sé… Ningún tigre con dientes de sable va a devorar a vuestros pequeños en sus cunitas de IKEA. Pero ellos llevan en sus genes ese miedo a estar solos que nosotros os hemos transmitido. Es una estrategia evolutiva. No pueden evitar llorar, si sienten que sus padres no están cerca. Y ese miedo no lo pierden ni al mes, ni a los 6 meses, ni al año, por mucho que os empeñéis”.

“Es curioso, Cron.- dije- En el siglo XXI, mucha gente piensa que tanto la lactancia materna, como el porteo o el colecho son modas que se han introducido de un tiempo a esta parte. Pero, en realidad, es lo que llevamos haciendo como especie desde hace cientos de miles de años”. “Así es- respondió- Y, créeme, funciona”.

“Mira, allí al fondo de la cueva está el vórtice. Te diría que te quedases a comer, pero andamos escasos de víveres. A ver si inventamos la agricultura, porque esto es un sinvivir”. “No te preocupes- le dije- no soy muy aficionado a la carne, ni siquiera a la de mamut. Además, mi pareja y mi hijo me esperan para comer”.

Cuando me despedí de él con un abrazo, me dijo que, este año, el Rayo ganaría la Liga. “Puede que sea lo menos sensato que has dicho hoy”, le contesté.

Llegué a casa. En el rellano, me crucé con el encargado de mantenimiento. “José Luis”, le llamé. En cuanto me miró, su cara se estremeció con un gesto raro, mezcla de miedo y de culpa. Sin duda, esperaba un reproche por el tema del vórtice. “Que pase un buen día”, dije, y entré en nuestra cueva.

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Una respuesta a – 219.600

  1. Aurora dijo:

    Muy chulo! A ver si saco un rato largo y te escribo en alguno de los anteriores, que lo tengo en mente desde hace tiempo…

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