Miedos y Esperanzas

Hace exactamente dos meses que dejé de trabajar. Tal día como hoy, pero en el mes de junio, expedí mi último Documento Nacional de Identidad en mucho tiempo (no recuerdo quién fue el agraciado o la agraciada).

En estos dos meses, la sensación principal es de disfrute, de alegría y de agradecimiento, por poder vivir esta experiencia de manera tan intensa. Hay gente que dice que, aunque no hiciera falta el dinero, no se podría vivir sin trabajar. Yo creo que sí. O, al menos, sin trabajar en lo que no te gusta. No puedo decir que deteste mi trabajo, ni mucho menos, pero en dos meses no me ha dado tiempo a echarlo de menos, y dudo que un año sea tiempo suficiente para desear volver.

Pero, en estos 61 días, es inevitable que surjan miedos con mayor o menor fundamento. Miedo a haberte equivocado en las cuentas de hasta dónde puedes gastar para sobrevivir un año sin sueldo. Miedo a tener que volver antes de tiempo a la rutina del madrugón, del transporte y del trabajo. Miedo a que el hecho de pasar los días con tu hijo se convierta en otro tipo de rutina. Miedo a querer hacer las cosas de una manera distinta a la mayoría de la gente porque es en lo que crees, pero no saber cómo hacerlo. Miedo a que todo lo que has escuchado, leído y asimilado en esta línea de pensamiento sea erróneo o a no haberlo interpretado correctamente. Miedo a sucumbir a las presiones de la gente que sigue confiando en la manera tradicional de criar, que te lo hace saber y que espera un tropiezo tuyo para recordártelo. Miedos.

Pero, entonces, te paras a reflexionar (…un poco, sin forzar). Piensas que tampoco hace falta ser Paul Krugman para cuadrar unas cuentas y que mil euros arriba, mil euros abajo, tampoco nos van a dejar sin cumplir un sueño. Ya recortaremos de algún sitio.
Tomas consciencia de que, algún día, volverás a sentarte en tu mesa de trabajo, a levantarte a las 6 de la madrugada (no “de la mañana”, de la ma-dru-ga-da) y a ver caras largas en la línea 1 de metro, pero te convences de que “algún día” suena muy lejano y de que, entre medias, hay muchos días como hoy que merecen la pena ser disfrutados.
Te dices a ti mismo que, si pasar días, semanas y meses con tu hijo se convierte en rutina, bendita rutina, pero, por si acaso, te conciencias para ponerle un buen aliciente a cada momento con él.
Vuelves a leer, a oír y a asimilar lo que habías leído, oído y asimilado mil veces, y te das cuenta de que no: tantos autores, tantos educadores, tantas mamás y papás que llevan años siguiendo una filosofía similar, no pueden estar equivocados. Y te escuchas a ti mismo, y lo que te resuena por dentro, y te dices: “Sí, definitivamente, éste es el camino”.
Pero, sobre todo, te das cuenta de que tienes a tu lado a la mejor compañera de viaje posible. A la madre de tu hijo. A la persona sin la que esta aventura no tendría sentido. A una futura Mamá Excedente. Y, entonces, se te olvidan todos los miedos.

Y llegan las esperanzas. Esperanza de que sabrás apreciar tu decisión y, con el tiempo, tu hijo también. Esperanza de que alguien lea tu blog, se quede encantado y te ofrezca pagarte por escribir lo que flota en tu cabeza, una vez a la semana y desde casa. Esperanza (más humilde) de que, durante el año, se te ocurra otra forma de ganarte la vida que te permita seguir estando cerca de tu pareja y de tu hijo. Esperanza de que, como no eres Paul Krugman, te hayas equivocado en las cuentas y compruebes que no sólo no te quedaste corto, sino que te sobran ahorros como para estar un segundo año sin pasar por la oficina (¿y por qué no?) . Esperanza de que llegue el día en que no haya que hacer cuentas para estar con tu pequeño, porque te paguen por ello. Esperanza de que tu experiencia sirva para que la gente entienda que hay otras formas, también respetables, de hacer las cosas. Esperanzas.

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Una respuesta a Miedos y Esperanzas

  1. Mamá de A dijo:

    3 años de maravillosas aventuras ,9 meses de ilusionada espera y 2 meses de intensas prácticas. Todos ellos conscientes,deseados,pero ,sobre todo, disfrutados. A tú lado…las esperanzas y los sueños, se convierten en REALIDAD y los miedos, ¿quién dijo miedo?. Papá de A. Te quiero, Te queremos, por muchos años más…

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