2196

¿Quién iba a pensar que en el cuarto de basuras de mi bloque habría un vórtice espacio-temporal que conectaba mundos y tiempos muy distantes entre sí?. De modo que, el otro día bajé a tirar la basura y, cuando me quise dar cuenta, estaba en el año 2196.

Como ya me pasó lo mismo hace un par de veranos, en los aseos de un chiringuito de Fuengirola, sabía que lo único que tenía que hacer era encontrar otro vórtice que me trajera de vuelta. Miré a mi alrededor. La gente andaba ensimismada mirando sus teléfonos móviles. Parecía un baile perfectamente coordinado, una coreografía mil veces ensayada, pues nadie tropezaba con nadie. De repente, alguien chocó conmigo. “Lo siento” me dijo sin mirarme. Y, así, conocí a Lino. Aparentaba unos 35 años. Evolutivamente, no mostraba ningún rasgo distintivo. Si acaso, era un poco más feo que yo, con lo que deduje que la especie se está echando a perder. No apartaba su mirada del móvil, ni siquiera cuando me dirigí a él. Parecía intentar comunicarse conmigo a través de aquel aparato ultra-fino y de apariencia ligera. Sólo cuando se percató de que yo no tenía uno igual, levantó la vista.

“Perdona- me dijo- no estoy acostumbrado a comunicarme de palabra… pero, ¿cómo has podido salir de casa sin tu teléfono?”. “Verás- le contesté- lo cierto es que vengo de otro tiempo…”. “Ah, ya veo- dijo él- en tu época aún no se han inventado los móviles. ¡Qué atraso!. Seguro que todavía utilizáis combustibles fósiles”. Le dije que no, que ya no (pero por pura vergüenza sigloveintiunera).

“Mira, estoy buscando la manera de volver a casa… a mi tiempo… a 2013”. “¿Por qué tienes tanta prisa?- preguntó- ¿no quieres conocer un poco de la raza humana a las puertas del siglo XXIII?”.  “El problema- respondí- es que le dije a mi pareja que iba a tirar la basura y se va a preocupar. Además, quedé en cambiarle el pañal al bebé antes de acostarlo y…”.

“¿Tienes un bebé?… Cuánto lo siento. Qué faena. Y tu pareja, ¿qué va a hacer ahora con su vida?”. “No te entiendo”- dije- ¿a qué te refieres?”. “Me refiero a que se habrá quedado sin trabajo”. “¿Por qué piensas eso?” pregunté, aún sin entender. “Bueno, en nuestro tiempo existe la figura del despido procedente por embarazo. ¿En 2013, no?. Pensé que eso llevaba toda la vida siendo así”. “Vaya- dije para mí- parece que se propusieron cargarse el Estado del Bienestar y lo consiguieron…”.

“Claro que no- le dije a Lino con firmeza- en nuestro tiempo el embarazo y la crianza están protegidos por ley. Poco, pero protegidos. Ahora soy yo el que lo siente por vosotros”. “No lo sientas- dijo con suficiencia- en realidad, tampoco nos afecta tanto. En 2196, criar hijos se considera una pérdida de tiempo, de dinero y de independencia”.

“Así que ¿ya nadie quiere ser padre o madre?” pregunté con asombro. “Bueno, no exactamente, el instinto lo conservamos, pero, ¿para qué íbamos a querer ser padres o madres y dedicarle tiempo a una criatura real, teniendo una aplicación que nos muestra, con máximo realismo, lo que supone la experiencia?. “Mira- continuó, mostrando su móvil- la tengo aquí. Se llama Angry Babies, y es genial: si el bebé tiene hambre, te acercas el móvil al pecho; si quieres que se duerma, le cantas una nana a través del micrófono; ¡¡y puedes cambiarle el pañal con sólo tocar un botón!!”. “Como la vida misma”, pensé. “¡Ah!- dijo con una sonrisa en su boca- eso sí: no te puedes olvidar de apagar el móvil por la noche, si no quieres que te despierte con sus llantos”.

“Pero, dime una cosa: si ya nadie quiere tener bebés, ¿cómo hacéis para que la especie perviva?”. “Verás- comenzó- por una parte, ya no hace falta que nazcan tantos niños porque nuestra esperanza de vida ha sido incrementada artificialmente hasta los 150 años y podemos ser sexualmente activos hasta los 120”. “El sueño de Berlusconi”, pensé. “Además- continuó- sí que nacen niños, lo que pasa es que, cada año, se celebra un sorteo supervisado por el Gobierno, mediante el cual se decide qué parejas están obligadas a concebir. Cuando nacen las criaturas, eso sí, no se exige a las parejas que las cuiden. Sería demasiado cruel. De eso se encargan unos funcionarios que se limitan a darles de comer, cambiarlos cuando se ensucian y dormirlos”.  “Pero… ¡¡eso es una barbaridad!!- exclamé- ¿qué pasa con el vínculo, el apego seguro y el calor de una madre?. Esos niños, cuando lleguen a adultos, tendrán grandes carencias emocionales”. “Nada que no se pueda solucionar con unas cuantas pastillas” dijo él con tranquilidad.

Justo en ese momento, en un banco del parque que teníamos a nuestras espaldas, se abrió otro vórtice. “Oye, lo siento, ha sido un placer, pero tengo que irme”. “Sí, sí, además, ese vórtice es el bueno. Lo llaman el Buho porque es el primero de la madrugada, y te lleva directamente a 2013, sin hacer parada en 2108, ni en 2046″.

“Una última pregunta- dije, mientras me volvía para asegurarme de que el vórtice seguía allí- ¿cómo hacéis para no chocaros los unos con los otros cuando camináis?”. “Tenemos una aplicación que nos avisa cuando estamos a menos de dos metros de otra persona. Me llamo Lino, por cierto”. “Yo, Javier; gracias por este rato. ¡Hasta pronto!”, me despedí.

Todavía sin salir del asombro, abrí la puerta de casa y subí a la habitación. Mamá le había cambiado el pañal a A. y ambos dormían tranquilamente. Apagué el móvil que estaba en la mesilla, me tumbé con ellos y me alegré enormemente de tenerlos a mi lado.

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2 respuestas a 2196

  1. Desde Galiza con amor dijo:

    ¿Y esta “rallada” futurista? Pega con el sentido del humor del autor y habla de ciertos temores que comparte el lector (que si te digo que no tiene móvil ya sabrás quien es) pero no me parece que pegue con el resto de lo que estabas contando en el blog…. suena a que estás aburrido ¿no querrás volver a trabajar?

    Se que la respuesta es no

    Saludos!!

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