Un Día Excedente

La vida de papá excedente es una vida muy hippy: sin trabajar, sin horarios, sin ropa… (si algún hippy trabajador, con rígidos horarios, que suela llevar más de dos prendas de ropa a la vez, se ha sentido ofendido por este apunte, pido disculpas).

Otro hecho contrastado es que tu higiene personal… cómo decirlo… no sigue la periodicidad que tenía antes. Esto lo desvinculo completamente del comentario anterior, porque no quiero ganarme la enemistad del colectivo hippy y, sobre todo, porque cada uno entiende la higiene a su manera. Lo cierto es que la falta de una rutina clara y la atención constante que requiere un bebé hacen que vayas aplazando la ducha para “otro momento”; hasta que llega el día en que no recuerdas la última vez que te diste un agua con jabón.

Aunque cada día en la vida de un papá excedente es distinto, hay ciertos patrones que se repiten y que sirven para, por lo menos, esbozar lo que sería Un Día Excedente:

Abro un ojo. Estoy tumbado en la cama. Mi hijo, justo al lado, emite sonidos que bien podrían  imitar a los de un gato, si ya hubiera tenido contacto con alguno. Tiene hambre. Mamá se despierta y se prepara para darle el pecho. Deseo acompañarles, disfrutar de ese momento, pero cuando me quiero dar cuenta, estoy soñando otra vez. Vuelvo en mí. Decido ir al baño donde, mientras “me realizo”, puedo ver la hora que es: las 3:37. Doy gracias por no tener que ir a trabajar. Si después de mamar, A. ha podido sacar todos los gases, se vuelve a dormir pronto, y nosotros con él.

Abro un ojo. A. vuelve a tener hambre. Pienso que no puede ser, que no habrán pasado ni cinco minutos desde la vez anterior, pero, en realidad, podrían haber pasado cinco horas, cinco días o cinco años. Esta vez, no quiero saber la hora. Me encuentro más despejado y me siento en la cama a observar cómo Mamá sacia el hambre de A. Mientras lo hace, me cuenta una divertida historia sobre una boda a la que fue en Italia. Terminan y nos volvemos a dormir los tres.

Abro un ojo. La luz del día entra por la rendija de la ventana que dejamos abierta. Mamá y A. no están. Se habrán bajado al salón. Me siento cansado, pero con fuerzas para empezar el día. Vuelvo a dar gracias por no tener que salir corriendo a coger el autobús que me lleve al trabajo (aunque, por la hora que es, aún podría cogerlo). Bajo al salón donde Mamá y el bebé comparten un rato tranquilo en el sofá. Desayunamos. Como es pronto y el calor aún no aprieta, decidimos prepararnos para dar un buen paseo por la Naturaleza. La oferta es amplia: La Casita del Príncipe, La Herrería, El Pinar de Abantos, El Arboreto… Nos decidimos por La Herrería. El paseo es tranquilo; no tenemos prisa y la conversación con Mamá es siempre amena. En un momento dado, me da por pensar qué estaría haciendo en este momento si aún trabajase. Rápidamente, destierro ese pensamiento de mi mente. Ahora, el pequeño tiene hambre. Nos sentamos en un banco con vistas al Monasterio y, allí, come apaciblemente.

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Volvemos a casa. Se nos ha hecho un poco tarde (si es que, en una vida hippy, cabe esa posibilidad). Lo cierto es que son las 13:30 y tengo que hacer la comida. Hoy no hay tiempo para experimentos: un salmorejo y un cuscús de verduras salvarán la papeleta. Comemos. Nuestro hijo nos acompaña, tumbado en el sofá, mientras intenta expulsar algo de metano de su cuerpo. Después de comer, nos echamos un rato. Es el momento de recuperar horas de sueño.

Abro un ojo. El rato se ha alargado. Son las 19:26. Cambiamos el pañal de A. Le damos un masaje con aceite de almendras para contribuir (a nuestra manera) a la emisión de gases a la atmósfera. Algo sale. Mientras Mamá vuelve a darle el pecho, yo hago la cena. Hoy toca pizza de verduras. Mamá bromea con A.: “en la siguiente toma, la probarás”.

Después de cenar, A. parece inquieto. Los gases han montado una rave en su pequeño estómago. Y sin licencia. Él se esfuerza, lo intenta y se desespera. Tiene los ojos abiertos como platos. Decidimos montarlo en el carrito, bajar a la calle y utilizar el traqueteo del suelo adoquinado de San Lorenzo como sedante. Dos vueltas a la manzana son mano de santo. Volvemos a casa. Son las 23:48 y, de nuevo, vuelvo a dar gracias por no tener que madrugar al día siguiente.

Ya en la habitación, en una maniobra que recuerda a la escena de Indiana Jones y el Arca Perdida, depositamos a A. en nuestra cama. Ha habido suerte: ha cogido una ola de sueño profundo. Mamá y yo nos tumbamos, uno a cada lado de él. Muy pronto, la ola nos arrastra a nosotros también. Dormimos los tres. Por fin, descansamos.

Abro un ojo. A. tiene hambre…

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Una respuesta a Un Día Excedente

  1. Alberto dijo:

    Javi, te has ganado poder cambiar el título de papá excedente por papá excelente!!!
    Disfrutad.
    Un abrazo.

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