Burocracia

Pensaréis (permitidme que os tutée) que por ser funcionario estaré muy acostumbrado al papeleo interminable, entenderé perfectamente el enrevesado lenguaje administrativo,  sabré cómo tratar con otros de mi especie y aceptaré estoicamente todas las trabas que me pongan. Bueno, pues tanto como eso… sí. Pero hasta cierto punto. Puedo escribir oficios con un estilo “barroco- administrativo” que ya quisiera Góngora para sí; si llamo a algún departamento y me dicen que la persona con la que quiero hablar ha salido a tomar café y que volverá en 30 minutos, sé que es más probable que dé con ella si llamo a los 45 (ojo, tópico); y si la Administración me entrega un papel con datos míos, no espero a que me digan “compruebe si está todo correcto” para hacerlo. Pero hay cosas con las que no puedo tragar, por mucho que ame a la Administración o por mucho que vengan de un “semejante”. La primera vez que llamé para informarme sobre la excedencia la conversación fue más o menos así:

– “Hola, quería saber qué papeles tengo que presentar para solicitar una excedencia por cuidado de hijos”.

– “Querrás decir el permiso por paternidad”.

– “No, de eso ya me he informado. Quiero saber lo que necesito para pedir la excedencia por cuidado de hijos”.

– “Pero… ¿estás seguro?.

– Sí, ¿hay algún problema?.

– No, no… bueno… Es sólo que eres el padre y esto lo suele pedir la madre.

Hace poco volví a llamar para asegurarme de que mi solicitud había llegado al sitio correcto y la conversación se desarrolló casi en los mismos términos. Lo más doloroso, para mí, es que, en los dos casos, a quien le extrañaba tanto que un padre cogiera una excedencia era a dos mujeres. Parecían no entender que quisiera compartir ese tiempo con mi hijo, pero, sobre todo, con mi pareja, y daban por hecho que cuidar de un bebé es cosa, única y exclusivamente, de mujeres. Desde luego que tiene que cambiar la mentalidad de los que mandan para que se nos garantice un tiempo suficiente y de calidad con nuestros hijos, pero este cambio no llegará mientras la gente de a pie no lo exija y mantenga una forma de pensar tan cerrada.

En las semanas previas al parto, hay algo que obsesiona sobremanera al futuro padre: el papeleo postparto. Oyes historias sobre padres que fueron a inscribir a su hijo en el registro y de los que nunca más se supo,  y de otros que yacen sepultados por una montaña de formularios que tenían que rellenar.  Y, la más espeluznante de todas, la historia de Antonio, ese padre que fue a comunicar que su hijo había nacido y 18 años más tarde seguía haciendo cola en el registro civil mientras su hijo, ya mayor de edad, lo esperaba fuera con el coche en marcha y en doble fila.

Pero te armas de valor, porque sabes que ese papeleo lo tienes que hacer tú y sólo tú. Bueno, en nuestro caso, como Mamá y yo no estamos casados, tuvimos que ir al registro los dos. Mejor dicho, los tres. Suerte que Mamá se encontraba con fuerzas en esos días posteriores al parto. Si no, no sé cómo lo habríamos hecho, porque, como para todo en la Administración, hay un plazo. Puesto que A. nació en San Lorenzo de El Escorial, no tuvimos que esperar una cola interminable en la calle Pradillo y el registro nos quedaba a 10 minutos de casa. (¡¡gracias, hijo!!). Entregamos un papel, rellenamos tres, nos dieron el libro de familia, nos aseguramos de que los datos fueran correctos y salimos de allí a eso de las 10:00.

A la puerta del registro, me separé por primera vez de ellos desde que nació A.. Comencé, entonces, un periplo largo de contar, así que lo resumiré en unas líneas: cogí un autobús que me acercó a Moncloa y, de allí, el metro a Islas Filipinas para solicitar los partes de baja de Mamá en la calle Galileo.  Me desplacé a pie hasta la oficina de MUFACE en la Avenida de Pablo Iglesias, donde solicité inscribir a mi hijo en mi tarjeta como beneficiario. Cogí el metro hasta Nuevos Ministerios, donde debía entregar los partes de baja y la solicitud de permiso por maternidad y de lactancia de Mamá. Volví al metro para ir hasta Vallecas, concretamente, hasta Miguel Hernández (17 paradas) para devolver unos libros en la biblioteca (burocracia, rápida, pero burocracia, al fin y al cabo) y, finalmente, cogí el autobús para acercarme a Puente de Vallecas, donde debía entregar mis solicitudes de permiso por paternidad, vacaciones y excedencia.Image

En la mañana más burocrática de mi vida, ignoro si batí algún tipo de récord, pero llegué a casa a tiempo para comer y sintiéndome poco menos que un superhéroe. “Papeleo Man” o “Super Papá” sonaban bien. Sólo me faltaba la capa.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Burocracia

  1. Antonio Tormo dijo:

    Bien, apreciado Javier; más Mamá, más “A”. Me alegro mucho haber leído este alegato sobre la paternidad responsable y ¡ojalá! consigáis culminar este desafío con el mismo estilo alegre y desenfadado que manifiestas al escribirlo.
    La verdad es que se nota una predisposición muy meditada, nada es fruto de una súbita reacción de modernidad descafeinada. No os negaré que mi forma de entender estos episodios están en las antípodas de vuestra forma de enfocarlo; sin embargo, viendo o leyendo el sincero planteamiento, todo se hace más racional que lo que a uno; yo mismo, le hubiera parecido al oírlo contar.
    Seguiré leyendo este blog, nunca es tarde para aprender, aunque en esta materia ya no me sirva para nada, si acaso para comprender a otros.
    Mis felicitaciones y mis mejores deseos para esa nueva vida que habéis emprendido.
    Antonio Tormo (Terrón de tierra)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s