Hasta Pronto, San Lorenzo

Nos vamos. Dejamos el pueblo que vio nacer a nuestro hijo y que lo convirtió en gurriato de por vida, para iniciar una nueva etapa en la ciudad. San Lorenzo ha cumplido su función y nos ha dado todo lo que buscábamos para los primeros meses de vida familiar: calma, naturaleza y cierta distancia de todo. Cuando decidimos mudarnos antes de ser mamás y papás, teníamos claro que queríamos un lugar tranquilo donde poder pasear los tres juntos, rodeados de árboles, arbustos y plantas. Por eso, no fue difícil decidirnos por San Lorenzo. Ahora, las circunstancias nos llevan a hacer las maletas de nuevo y volver a un estilo de vida más urbanita al que también intentaremos aportar buenas dosis de campo y aire fresco.

Echaremos de menos los paseos por La Herrería con la vista de Las Machotas de fondo, la sensación de respirar aire puro en el camino de La Horizontal, la tranquilidad de no oír ruido alguno en los jardines del Monasterio (sin turistas) y lo bien que sienta trabajar las piernas bajando y subiendo el camino hacia La Casita del Príncipe. Todo eso lo echaremos de menos.

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Echaremos de menos, también, esa zona de la sierra de Madrid y todo lo que nos ofrecía: ir a coger moras a Zarzalejo, comprar en El Canto del Huerto en Galapagar lo que Cristina y David producen en sus huertas, asistir a las reuniones del grupo de crianza de El Escorial, el bullicio no exagerado de Villalba, los ilusionantes proyectos de Fresnedillas de la Oliva…

Echaremos mucho de menos al grupo de consumo EcoEscorial. Allí hemos conocido a mucha gente concienciada, solidaria, implicada, comprometida, sana y, sobre todo, maja. Nacido a raíz de las asambleas del 15-M, en dos años y medio ha trascendido los cometidos de un grupo de consumo al uso y se ha abierto a actividades que van desde lo lúdico, a lo cooperativo, con grandes dosis de sincera amistad. ¡Larga vida a EcoEscorial!

Otros aspectos de la vida sanlorentina no los echaremos tanto de menos: los piojos de paloma y las goteras en casa, el frío invierno, las cuestas interminables, la dependencia del coche para los desplazamientos. Tampoco las paradas obligatorias en mitad de la A-6 para aliviar el malestar de nuestro hijo en la carretera. Definitivamente, parece que a él le gusta el coche menos aún que a nosotros.

De todo ha habido en estos diez meses que hemos pasado aquí, pero lo positivo prima sobre el resto. Se cierra un período de nuestra vida que nunca olvidaremos.
No sabemos si volveremos, porque desconocemos qué caminos nos tiene preparados la vida. Es probable que ésta no sea para nosotros la última mudanza (nuestros planes a medio plazo, así lo auguran), pero esto es sólo el fin de una etapa y el comienzo de otra. La vida sigue y la excedencia, también. Las aventuras y desventuras no terminan aquí. Sólo se trasladan. En todo caso, nuestro hogar siempre estará donde estemos los tres juntos. Porque, como dice la canción: “Home is wherever I´m with you” .

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Lost In Translation

Los humanos somos una especie previsora. De eso no cabe duda. Nuestro lóbulo prefrontal, resultado de millones de años de evolución, es lo que nos distingue del resto de animales y lo que nos permite adelantar acontecimientos, de manera que, si abrimos la nevera y sólo vemos un yogur caducado, medio limón reseco y dos hojas de lechuga, gracias a nuestro neocórtex podemos saber que, si queremos comer el próximo jueves, debemos hacer acopio de alimentos. Es una ventaja.

Pero a veces nos pasamos de previsores. Sobre todo, cuando se trata de niños y educación. Es tanta nuestra necesidad de anticipación, que queremos que los niños adquieran en el presente conocimientos que, como pronto, les podrían servir dentro de varios años. Al decir esto, pienso en la insistencia en el aprendizaje del inglés a edades cada vez más tempranas. Somos tan calculadores que nos parece una gran idea, dado que vivimos en un mundo extremadamente competitivo, que los niños sean bilingües cuanto antes. Si es a los seis años, mejor que a los ocho; a los cuatro, mejor que a los seis; y a los dos, mejor que a los cuatro. Para defender esta práctica, nos basamos en que, con esas edades, los niños son “como esponjas” y en que si no aprenden los idiomas de pequeños, de adultos les resultará casi imposible. Cualquiera que haya tratado con inmigrantes, gente de Erasmus y otras personas que han venido a España con los veinte ya cumplidos sabe que eso no es así (yo mismo aprendí francés cuando ya me afeitaba). Pero, aunque lo fuera, estaríamos anteponiendo nuestra visión de adulto, nuestra proyección de lo que queremos que nuestro hijo llegue a ser en un futuro, a su necesidad auténtica como niño, porque ¿cómo se puede aprender otro idioma cuando todavía no se domina el propio?, ¿quién puede saber si dentro de 20 años no resultará más provechoso saber hablar chino?.

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Creo que, como en cualquier aprendizaje, son más importantes la vivencia propia y el interés verdadero por la materia que el hecho de que alguien nos explique machaconamente la teoría. En el caso del idioma, hay un ejemplo muy cercano. Toda una generación de españoles estudiamos inglés desde pequeños de manera reglada: un profesor nos hablaba en inglés, nos explicaba la gramática y nos enseñaba cómo se escriben las palabras. El resultado es que muchos podemos comprender textos en inglés y seríamos capaces de rellenar huecos en una frase con un pronombre, un adverbio o una preposición, pero son pocos los que podrían entenderlo y hablarlo con fluidez, porque no lo hemos vivido. En Alemania, existe la costumbre de viajar por el mundo durante un año, una vez acabado el instituto. Ahí está el aprendizaje vivencial. He conocido alemanes que, en ese año viajero, habían aprendido un castellano casi perfecto.

Hay niños afortunados que tienen un papá de una nacionalidad y una mamá de otra, y que hablan con cada uno en su lengua materna. Hay niños que, por las circunstancias que sean, pasan un período de su vida en un país donde se habla otro idioma y lo aprenden (vivencialmente), en contacto con otros niños. Cualquiera de los dos casos es una verdadera suerte. Pero, también, hay papás y mamás que han aprendido otra lengua distinta de su lengua materna, que la usan, con mayor o menor frecuencia, en su trabajo o en sus viajes y que hablan a sus hijos en ese idioma (que no es el suyo) para que el crío lo vaya conociendo. El problema de este enfoque, en mi opinión, es que con el lenguaje, no sólo transmitimos conocimientos, sino también emociones, y creo que debe de ser complicado transmitir emociones sinceras en una lengua que no es la tuya.

Ojo: no se trata de poner en cuestión la importancia de hablar idiomas. Los idiomas multiplican nuestra capacidad de comunicarnos con otras personas, nos facilitan las cosas a la hora de viajar y, a veces, nos resultan útiles en el trabajo. Quien habla dos, tres o cuatro idiomas, tiene un tesoro de incalculable valor. Tampoco voy a negar que, al estilo tradicional de enseñanza, algo queda. La cuestión es, una vez más, atender a las necesidades reales del niño en la etapa de desarrollo en la que se encuentra, porque pretender que un niño aprenda un idioma con tres años por si le hace falta con treinta, es como decidir hoy la ropa que se va a poner allá por el mes de abril de 2018.

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Reflejos

Tengo la inmensa suerte de haber podido asisitir a un curso de Alicia Bastos. Esta psicóloga políglota, actriz aficionada y genial comunicadora es una experta en el estudio, desde el punto de vista neurológico, de cómo los reflejos primarios no inhibidos influyen en nuestro desarrollo cognitivo y motor.

Y digo que he tenido esa suerte porque me ha permitido tomar conciencia de la importancia del tema. Porque, normalmente, lo que se sabe de reflejos de bebés es que si pones el dedo sobre la palma de su mano, la cierran y aprietan con fuerza; si les acaricias alrededor de la boca, giran la cabeza buscando una teta que los alimente; y, si los incorporas, de manera que uno de sus piececillos toque el suelo, levantan el otro como si quisieran subir un escalón. Pero se ignora todo lo demás, que es mucho.

Existen reflejos primarios, que se adquieren durante la gestación, y reflejos posturales, que se adquieren ya en vida y nos acompañan durante el resto de nuestros días.
Los reflejos primarios ayudan al bebé en el parto y durante el complejo proceso de adaptación que suponen los primeros meses de vida, y resultan una buena preparación para movimientos voluntarios posteriores. De hecho, el parto no sólo pone en funcionamiento estos reflejos, sino que los potencia. De ahí, la importancia de evitar cesáreas innecesarias y de promover el parto natural, siempre que sea posible.

Pero, una vez que los reflejos primarios han cumplido su función, deben ser inhibidos para que el niño desarrolle estructuras neurológicas que le permitan tener control sobre respuestas voluntarias. La no inhibición puede provocar una inmadurez en los sistemas del niño y en sus patrones de comportamiento. La doctora Sally Goddard, autora del libro Reflejos, aprendizaje y conocimiento lo explica así:
“El equipo fundamentalmente esencial para el aprendizaje será ineficiente o erróneo, a pesar de una capacidad intelectual adecuada. Es como si las habilidades posteriores permanecieran atrapadas en un estado de desarrollo anterior y, en lugar de pasar a ser automáticas, sólo pudieran controlarlas a través de un esfuerzo consciente contínuo”.

Y, si es tan importante la inhibición, ¿cómo se lleva a cabo?. A través de una serie de movimientos específicos que todos los bebés tienen “programados” en su interior: girar sobre sí mismos, arrastrarse, gatear, andar a cuatro patas, ponerse en cuclillas, incorporarse y andar. Cada uno de estos hitos es importante en el desarrollo del niño y lo preparan  para aspectos tan cruciales en nuestras vidas como la lectura y la escritura (“la motricidad gruesa propicia la motricidad fina”). Todos ellos tienen lugar en el suelo y nada puede sustituir al suelo como campo de pruebas y lugar de aprendizaje. La importancia de estos movimientos no radica solamente en su función inhibidora de reflejos a una edad temprana, sino que pueden servir como elementos terapéuticos en niños y adultos para eliminar vestigios de reflejos subyacentes.

Sólo prestando atención a este enfoque, podemos entender que el niño etiquetado como “nervioso”, “movido” o “inquieto”, tal vez no lo sea, pero sí que es incapaz de permanecer mucho tiempo sentado en una silla porque no ha inhibido el reflejo espinal de Galant. Seguramente se diagnosticarían menos trastornos de déficit de atención o hiperactividad, si se comprobara si el niño aún tienen activo el reflejo de Moro, de manera que no consigue filtrar toda la información que recibe a través de los sentidos y esto le está impidiendo focalizar su concentración en una sola cosa. Y nos daríamos cuenta, también, de que, en ese niño que sujeta de manera tan extraña el lápiz para escribir, puede que permanezca latente el reflejo palmar y que, simplemente con animarle a colgarse de una barra, ya le estaríamos ayudando.

Cuando hice el curso, Alicia comentó que estaba tratando de que el rector de la facultad de psicología de una universidad de Madrid introdujera la perspectiva de los reflejos en su plan de estudios, porque, como decía ella, “cuántas horas de diván se ahorrarían niños y adultos en la consulta del psicólogo si dedicáramos los primeros diez minutos de la sesión a estudiar cómo reacciona a los estímulos, cómo se mueve y cuál es el estado de sus reflejos”.

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Evolución

Me voy a poner trascendente.

Cada vez que contemplo a mi hijo alcanzar nuevas posturas y adquirir nuevas habilidades por sí mismo, me convenzo más de que la vida tiene un plan de desarrollo establecido para cada individuo, una fuerza poderosa que le lleva a desplegar todas sus capacidades y que, probablemente, sea el resultado de millones y millones de años de evolución.

Siempre me ha resultado curiosa la similitud que hay entre la evolución de la vida en la Tierra y el proceso de transformación de un ser humano desde su concepción. Así, en el planeta, todo comenzó con una primera célula que dio paso a organismos pluricelulares que flotaban en ese inmenso líquido amniótico que es el mar. La vida siguió su curso, dando lugar a seres cada vez más complejos que se aventuraron a salir del agua, como nosotros nos aventuramos a salir del vientre de nuestra madre. Al principio, nos sentimos desvalidos, como esos primeros seres anfibios que pisaron tierra firme. Pero después, vamos cogiendo soltura y, empujados por ese plan interno y sin necesidad de intermediarios externos, aprendemos a arrastrarnos, primero, movernos a cuatro patas, después, y, finalmente, a erguirnos y caminar. Ese paralelismo entre la vida y nuestra evolución como individuos no puede ser casual.

Humberto Maturana, biólogo y filósofo chileno, desarrolló la idea de los organismos autopoiéticos para referirse a aquellos seres que tienen la capacidad de hacerse a sí mismos. Todo comenzó, dice, con una célula primigenia que contaba con una membrana semipermeable, un sofisticado (aunque, en apariencia, simple) mecanismo que le permitía establecer contacto con el mundo exterior y tomar de él aquello que necesitaba, a la vez que la protegía de las amenazas externas que podrían destruírla. Así, pudo persistir la vida.

Nosotros, descendientes de aquella primera célula como todos los demás seres vivos, llevamos dentro, desde antes de nacer, esa capacidad para interactuar con el entorno, ese poder de realizarnos a nosotros mismos y esa fuerza impulsora que nos lleva a desarrollarnos, sin necesidad de intervenciones externas que nos preparen para existir ni nos muestren cómo llegar a “ser”.

Si nos dejan, si se nos acompaña con amor y respeto, y se nos proporciona un ambiente apropiado, somos capaces de aprender, de crear, de sentir, de definirnos como personas, tomando del entorno aquello que nos conviene y descartando lo que no necesitamos.

Ortega y Gasset lo expresó así: “Sólo si los niños pueden vivir hoy plenamente como tales, mañana serán personas adultas en la plenitud de su potencial. El renacuajo no se hace un mejor sapo si se lo fuerza a vivir fuera del agua prematuramente. Así también, el niño no desarrolla mejores cualidades humanas si se reprime sus impulsos naturales, si se le obliga a portarse como un pequeño adulto que ha de estar durante muchas horas inmóvil, callado, asimilando conocimientos en proporciones reguladas científicamente por medio de lecciones verbales, siguiendo ejercicios predeterminados, de acuerdo a un horario organizado por especialistas en pedagogía”.

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Juguetes

Uno no es consciente de hasta qué punto el plástico ha invadido nuestras vidas hasta que entra en una tienda de juguetes. Se trata de un material barato y resistente, sí, pero, ¿aporta a un niño ávido de experiencias sensitivas los estímulos adecuados?. Dejando de lado los componentes potencialmente tóxicos y su nula degradación con el paso del tiempo, el plástico no ofrece demasiada información a los sentidos: al ser tan ligero, no se aprecia mucha diferencia de peso entre piezas grandes y pequeñas; no aporta apenas matices al tacto y su sabor es siempre el mismo (a plástico). Además, tampoco promueve un uso cuidadoso del juguete por parte del niño puesto que es prácticamente irrompible.

Cuando el plástico se combina con pilas de 1´5 voltios y lucecitas de colores, suele dar lugar a juguetes de luces y ruido. Estos juguetes no permiten al bebé establecer una relación de causa- efecto entre lo que hace y lo que pasa, dado que apretando el mismo botón, o uno muy parecido, puede sonar una voz robótica, una música machacona o el mugido de una vaca, y todo ello adornado con más luces que un árbol de Navidad. La sobreestimulación está servida.

Mamá y yo, poco amigos del plástico y del consumismo atroz, y socios de la Liga de la Reutilización, hemos decidido, en la medida de lo posible, elaborar los juguetes de nuestro hijo por nosotros mismos o buscar por casa elementos que puedan servir como tales. Intentamos que sean de distintos materiales (evitando los sintéticos) y que aporten muchos matices a la vista, al oído, al gusto y al tacto (al olfato es más complicado).

Cuando creas los juguetes con tus manos, te obligas a varias cosas: primero, a un ejercicio de análisis de las necesidades sensoriales de tu hijo, según la etapa de su desarrollo en la que se encuentre. Te obligas, también, a un trabajo imaginativo intenso, porque la curiosidad de un bebé por las cosas ya vistas decrece rápido y por las nuevas es casi infinita. Por último, te enfrentas a un proceso de elaboración que puede ser más laborioso que ir a la juguetería y comprar cualquier cosa de luces y ruido, pero que también transmite al juguete una pequeña historia de la que has sido partícipe. Nosotros nos hemos inspirado en nuestra práctica creativa en el Imaginarium (en nuestro imaginarium colectivo) y en el magnífico libro de Christopher Clouder titulado “Juguetes creativos para tu bebé”.

He aquí algunos ejemplos de juguetes de nuestro hijo:

PIÑAS: estructura reproductiva femenina del pinus pinaster.
Aporte sensorial: es un elemento sacado directamente de la Naturaleza. Tiene cierto peso para un bebé y un tacto muy especial por sus escamas.
Observaciones: además de lavarlas antes de su uso, conviene darle una capa de aceite de oliva o de lino calientes.
Creado por: Madre Naturaleza

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SONAJEROS HIGIÉNICOS: tubos de papel higiénico rellenos de arroz, lentejas o soja, y forrados con terciopelo de colores.
Aporte sensorial: cada elemento de relleno suena de una forma distinta. El terciopelo aporta color, pero también una textura propia. Los tubos son ligeros y sus dos aberturas los hacen muy manejables.
Creado por: Mamá y Papá

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ANILLAS: cuatro anillas de cortina unidas entre sí por un cordel.
Aporte sensorial: Al agitarlas, chocan entre sí y suenan. Como están unidas por una cuerda, el bebé puede coger la primera y la última y estirar con fuerza. Tienen la dureza y el tamaño justo para ser utilizadas también como mordedor.
Observaciones: se les puede dar un baño de aceite de oliva o de lino calientes.
Creado por: Mamá y Papá.

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GALLINA DE FIELTRO: gallina de fieltro rellena de lana en vellón y cosida con punto de festón.
Aporte sensorial: el fieltro tiene un tacto suave y los puntos de festón añaden matices al pasar los dedos por encima. La cresta, de otro color, pone la nota llamativa a la vista. La gallina es fácilmente agarrable por el cuello.
Observaciones: puede que resulte más atractiva para niños de más de un año. Las instrucciones para hacerla se pueden encontrar en el libro de Christopher Clouder.
Creado por: Abuela, en colaboración con Mamá y Papá.

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SONAJERO DE CASCABELES: sonajero de lana en forma de campanillas con cascabeles incorporados.
Aporte sensorial: el característico sonido de los cascabeles resulta muy llamativo. Las campanillas tienen diferentes colores.
Creado por: Abuela

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PAJARILLO DE FIELTRO: de la familia de las aves de fieltro y emparentado con la gallina de fieltro, está relleno de papel celofán y cosido con punto de festón.
Aporte sensorial: por su reducido tamaño, el bebé puede agarrarlo firmemente y abarcarlo con toda la mano. El contraste entre el color del cuerpo y el de las alas resulta llamativo visualmente. El relleno hace ruido al estrujarlo.
Creado por: Mamá y Papá, en colaboración con Abuela.

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CESTILLO DE MIMBRE: cesto hecho de mimbre y pensado inicialmente para servir el pan.
Aporte sensorial: es ligero y muy fácil de agarrar por distintos puntos. Puede contener otros objetos.
Creado por: Alguien.
Cedido amablemente por: Abuela.

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CUCHARA DE MADERA: cuchara tallada en madera de boj.
Aporte sensorial: en la boca, centro sensorial por excelencia del bebé, produce sensaciones distintas a los habituales acero inoxidable y plástico. Se puede usar también como mordedor.
Creado por: artesanos de la madera.

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PELOTA DE LANA: lana en vellón tratada con agua y jabón para darle forma esférica y rematada con hilos de lana enrollados.
Aporte sensorial: a pesar de estar hecha de lana, tiene un peso considerable. Los hilos de lana que la rodean aportan matices al tacto.
Observaciones: rueda, por lo que es un juguete más indicado para niños que ya saben desplazarse. Su laborioso proceso viene detallado en el libro de Christopher Clouder.
Creado por: Mamá y Papá.

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BOLSA DE CHAPAS: bolsa de tela rellena de chapas de refresco.
Aporte sensorial: sonido metálico. Se puede apreciar cada chapa por separado en su interior y sus bordes puntiagudos resultan llamativos al contacto con los dedos.
Creado por: Mamá y Papá.

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TAPA DE TERMO: como su propio nombre indica, es la tapa de un termo.
Aporte sensorial: fácil de agarrar. Tacto frío. Al contacto con otros objetos produce un sonida metálico.
Creado por: alguien desconocido.

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OSO PIKLER: oso naranja de algodón relleno de lana y bautizado así en honor a Emmi Pikler.
Aporte sensorial: muy ligero. Sus extremidades y sus orejas son buenos puntos de agarre. Sus llamativos colores aportan el estímulo visual.
Creado por: Abuela.

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CORDONES DE ZAPATILLAS: usados normalmente para atar zapatillas.
Aporte sensorial: colgados de algún punto permiten al bebé golpearlos y probar su destreza manual para agarrarlos en movimiento. Se puede atar sus extremos a dos puntos y colgar otros objetos en ellos para que el niño intente cogerlos.
Creado por: un fabricante de zapatillas.

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Ahora Se Puede Contar (II)

Es curiosa la sensación de volver a casa después del parto. Tras dos días en el hospital, el tiempo parece haberse detenido en el momento en que salimos de casa con cierta prisa por conocer a nuestro hijo. Al volver, allí estaban esperando nuestros pijamas sin doblar, los platos de la última cena sin fregar y la bañera donde Mamá se dio un último baño relajante, con su agua intacta.

Pero había algo más: unas lentejas y algo de arroz puestos a remojo la noche anterior al parto, con idea de que fueran cocinados al día siguiente. A nuestro retorno, el agua del bol con lentejas se había enturbiado hasta formar una capa blanquecina en la superficie, y algunas lentejas habían germinado como por arte de magia. El bol de arroz, por su parte, parecía un arrozal de Lao Chai en miniatura.

Como Mamá y yo tenemos por principio no tirar comida, decidimos darle una oportunidad primero a las lentejas, y, si se terciaba, al arroz. Al ser pleno verano, no apetecía demasiado un guiso, así que, para añadir un poco de riesgo al asunto, decidimos que las lentejas irían acompañadas de salsa vinagreta. El vinagre cumpliría una doble función: acabar con cualquier rastro de vida que hubiera acampado en las legumbres y enmascarar el sabor de la germinación.

Nos comimos las lentejas, con cierto reparo, sí, pero también con el hambre de haber pasado dos días en un hospital. Al día siguiente, nuestros estómagos estaban… cómo decirlo, “revoltosos”. Vamos, que tenían más actividad que el Krakatoa en 1883. Pero la cosa no pasó a mayores.

Casualidad o no, esos días coincidieron con los únicos tres en que nuestro hijo tuvo síntomas de lo que se suele llamar “cólico del lactante”. El primero de ellos fuimos a urgencias por lo persistente de su llanto para descartar otras causas. Como dudábamos de si el plato de lentejas podía tener algo que ver, decidimos contarle al pediatra nuestra ocurrencia. El hombre, entre risas, señaló el pañal abierto y manchado con caca de nuestro hijo y dijo: “Si las molestias se debieran a las lentejas, este pañal se olería desde aquí”. No se trataba de llevarle la contraria, pero la caca en cuestión, tenía el color de un plato de tikka masala y olía a algo parecido a curry, no sé si a diez metros, pero a tres, sí. Aún así, salimos de allí tranquilos, confiando en el diagnóstico del médico (cólico del lactante), pero desconfiando de su olfato culinario.

Al día siguiente, decidimos negarle su oportunidad al arroz y, con gran dolor por nuestra parte, terminó en la basura. La combinación con algún resto de lentejas en nuestro estómago podía haber desencadenado una reacción de consecuencias imprevisibles para el planeta. Nuestros estómagos volvieron a su estado de letargo habitual. Pero algo había cambiado en nuestras vidas. Habíamos perdido el respeto a la comida fermentada. Nuestro aparato digestivo se había visto reforzado y nuestro compromiso de no tirar comida, también.

Así fue como nació una nueva corriente dentro del mundo de la nutrición. El mundo estaba habitado por carnívoros, vegetarianos, veganos, macrobióticos, crudívoros, paleos, etc… Y llegaron los fermentívoros. Seres con habilidades digestivas especiales.

No quiero esconder que hemos vuelto a hacerlo. Y no una, ni dos, ni tres veces. Con lentejas, con garbanzos y con judías blancas. Y aquí estamos, contándolo. Porque, ahora, se puede contar.

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El Robo De “La Niñez”

No soy un gran aficionado a la pintura. Me cuesta entender que personas que se hacen llamar “artistas” tracen cuatro líneas de colores en un lienzo, y lo vendan por millones, y que yo, que, para resolver todos mis casos, despliego creatividad, inspiración y estilo (mucho estilo), no salga de pobre.

Pero aquella mañana acepté la invitación para la presentación de un cuadro en la sala Papi´s & Mami´s Art Gallery, y no sabría decir si fue por el cuadro en sí, por mi relación con sus propietarios o porque intuía que algo podía pasar.
El cuadro en cuestión se llamaba “La Niñez”. Se trataba de una obra anónima y era un canto a la libertad, a la expresividad y a la alegría. Había algo en ese cuadro que me tocaba de cerca. “La Niñez” gozaba de un reconocimiento general como obra maestra, era especialmente valorada en algunos círculos y sólo algunos críticos osaban cuestionar su importancia.

Detective A., nos complace que finalmente haya podido venir. Nos honra con su presencia en la presentación del cuadro más relevante de cuantos hayan sido expuestos en esta sala”.
Desde luego, la señora Mum y el señor Dad, la pareja que dirigía la galería y que acababa de introducir “La Niñez” en sus vidas, sabían apreciar su valor. Me caían bien. De otra forma, me habría surgido “algo” más importante que hacer aquella mañana de otoño.

“Si nos disculpa… Debemos hacer la presentación del cuadro”. 

Ambos se dirigieron a un pequeño estrado montado para la ocasión y, tras reclamar la atención del público allí congregado, comenzaron su exposición.

“Queridos amigos: es para nosotros un placer presentar, por fin, “La Niñez” en sociedad. No podemos ocultar que la decisión de adquirir esta obra fue muy meditada. Queríamos estar seguros de que nuestra galería era un lugar adecuado para un cuadro así, y, durante un tiempo, nos preparamos nosotros y preparamos el espacio para poder dar a “La Niñez” los cuidados y la atención que se merece. Lo que convierte a “La Niñez” en un cuadro atemporal y muy especial es su espontaneidad, la ausencia de rigidez en su proceso creativo y la mezcla de estilos. Desprende una “joie de vivre” que invita a volver a ser niño. Esperamos que, desde hoy, mucha gente goce de “La Niñez” como lo hacemos nosotros. Muchas gracias”.
Fue un pequeño discurso que arrancó grandes aplausos. La señora Mum y el señor Dad hablaban de aquel cuadro desde el corazón.

La presentación terminó con un cocktail en el que me entretuve escuchando conversaciones ajenas y buscando un camarero que me sirviera un trago de leche. Aburrido de ambas cosas, decidí volver a casa.

Fue dos días después cuando recibí la llamada de la pareja: el cuadro había sido robado.
El señor Dad vino a recogerme para llevarme a la galería. Cuando llegamos, la policía llevaba una hora recogiendo testimonios y buscando huellas, pero, una vez más, parecían bastante perdidos.
Una vieja conocida, la inspectora S. Nanny le decía a sus subordinados: “El problema es que se han tomado demasiadas libertades con “La Niñez”. Lo que necesitaba era un severo y rígido control. Con una vigilancia adecuada, esto no habría sucedido. Tienen mucho que aprender”. Al decir esto, me miró. Una sonrisa irónica se dibujó en mi cara: la inspectora hablaba de “La Niñez” como si fuera un perro.

No dejo en buen lugar a mi modestia si digo que dos días antes de que se produjera el robo yo ya estaba más encaminado en la resolución del caso de lo que esa cuadrilla de uniformados estaría nunca, pero lo cierto es que en la mañana de la presentación del cuadro, ya tenía dos candidatos a futuros culpables. Para ello, me bastó con escuchar una acalorada charla entre dos de las asistentes al evento.
Como pude saber después, la señora Escuela era una pintora y profesora de arte de edad avanzada. Como pintora, le gustaban los tonos grises y negros y los patrones bien definidos, y su obra se enmarcaba dentro del realismo costumbrista más rancio y aburrido. Como profesora, rechazaba todo lo que se escapara de estos cánones.
Tere Visión, famosa de profesión, tenía lo que suele llamarse “magnetismo”. Poca gente podía evitar quedar prendado de la imagen que proyectaba y sabía lo que decir en cada momento para atraer la atención hacia sí.
En su tensa conversación, Escuela le decía sotto voce a Tere Visión: “Tengo grandes planes para “La Niñez”. En un mundillo tan competitivo, puedo sacarle mucho rendimiento. Tú, en cambio, sólo buscas atención”. Tere Visión, por su parte, mostraba sus armas: “No olvides que me bastaría revelar cierta información para inculparte. Necesito a “La Niñez” y “La Niñez” me necesita. Sea como sea, estamos juntas en esto. No me falles”. 
Mis sospechas se confirmaron aquella noche, en mi visita al lugar del crimen. Primero, cuando vi a Tere Visión merodeando por los alrededores de la galería, parapetada en una gabardina y camuflada con unas gafas de sol y un pañuelo más colorido que la consulta de un pediatra. Después, cuando encontré en el suelo, justo delante de la pared donde se exhibía el cuadro, un pequeño broche del abrigo que la señora Escuela llevaba en la presentación. Errores de principiante. Era fácil imaginar cómo se había producido el robo: Tere Visión distraería al vigilante de seguridad con banalidades, mientras Escuela se adentraba en la sala para sustraer el cuadro.

Justo cuando terminaba mi disertación mental, S. Nanny se dirigía al señor Dad para decirle: “Esto es obra de profesionales. A estas alturas el cuadro estará en el extranjero en manos de algún buen comprador. Puede dar a “La Niñez” por perdida. Nosotros nos vamos. No podemos hacer nada más aquí”.
Tranquilicé a los legítimos propietarios y lancé una última mirada de desaprobación a S. Nanny mientras entraba en su coche. Al llegar a su despacho, le estaría esperando un telegrama sobre su mesa con el trabajo que ni ella ni sus colegas habían sabido hacer.

“La Niñez” no está perdida- STOP
Sólo ha sido robada- STOP
Escuela y Tere Visión robaron “La Niñez”- STOP
Consiga una orden judicial para registrar sus casas y devuelva “La Niñez” al sitio que le corresponde- STOP

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